Opinión

¿Jugamos a las canicas?

Por Pedro Octavio Reyes Enríquez

Los juegos que nos enseñan a convivir


Iba corriendo por la escuela con mi bolsa de canicas. A los ocho años, eso era un tesoro. No podíamos jugar con ellas, ni siquiera llevarlas: estaban prohibidas, nos las decomisaban los maestros.

El motivo principal era que había quienes hacían apuestas o se peleaban porque no aceptaban la derrota. En realidad, esto era muy raro, pero las apuestas se hacían con las mismas canicas; era lo más que podías perder. Además, en cualquier tendajón las vendían. Costaban centavos: 10, 20, y las más caras eran las bombachas o las ágatas, que podían costar 50 centavos.

En mi caso, siempre compraba las de agüita, porque eran las más baratas. Había distintos tipos de canicas, también llamadas cuicas.

Con esas pequeñas esferas de vidrio, impulsadas por nuestros propios dedos, podíamos pasar horas jugando. Claro, había que tener un patio de tierra para hacer el hoyito donde tenía que caer la canica.

Además de las canicas, los niños de hace 50 años también jugábamos con trompos, baleros y yoyos. Había otros juegos, como las matatena, el resorte y muchos más: stop o declaro la guerra, el avión o rayuela, la roña, entre otros. Al no necesitar energía externa, como la electricidad, la creatividad, el movimiento físico y la convivencia eran el motor de estos juegos.

Para jugar en aquellos tiempos no hacía falta tener canicas ni ningún otro juguete; solamente hacía falta el deseo de querer jugar, como en las traes o las escondidas.

Este tipo de juegos no distinguía clases sociales. Eran baratos y algunos no costaban nada: bastaba tener imaginación.

Si los niños no tenían un patio en casa, podían salir. No había problema. La banqueta y toda la calle se convertían en área de juegos. Los vecinos respetaban a los chamacos latosos de la colonia, porque lo más seguro era que alguno de esos niños viviera en casa de alguien conocido o incluso en su propio hogar.

Esos juegos, además de evitar que el niño se pasara toda la tarde sentado, lo hacían más resistente, tanto física como emocionalmente.

Veamos algunos de los aspectos que desarrollaban. Seguramente tú también podrás mencionar otros.

a) Creatividad, los niños con cualquier objeto podían hacer un juego, con una cuerda, con una sábana, hasta una cacerola se convertía en un tambor. No había límites.

b) Resolución de problemas. En juegos como las escondidas o el stop había que calcular distancias, predecir el comportamiento del contrincante y pensar en estrategias de escape.

c) Habilidades psicomotrices. Se desarrollaban tanto la motricidad fina como la gruesa: saltar en un solo pie, frenar para evitar ser atrapado, coordinar adecuadamente brazos y piernas o

mantener el equilibrio. O bien, mover los dedos con precisión para atinarle con una canica a la del contrincante.

d) Habilidades socioemocionales. Aprendíamos la tolerancia a la frustración, tan importante hoy en día. La mayoría terminaba perdiendo; había un solo ganador, pero lo tomábamos con naturalidad. Sabíamos que habría otro juego en el que podríamos ganar o, simplemente, otra oportunidad.

Había niños que se enojaban porque no podían ganar, pero todos les decíamos: “Aprende a perder”. Y al rato todos estábamos jugando nuevamente. Con esos juegos hacíamos amigos en cualquier lugar: en una fila, en un parque, en una fiesta infantil —no había animadoras—, en la calle y, desde luego, en la escuela.

e) Ceder, negociar, ganar y ayudar. “¿Qué jugamos hoy?”. Desde ahí comenzaba la negociación. Entre todos decidíamos o empezábamos con un juego y aceptábamos que después tocara otro. Siempre había un juego nuevo que aprender o enseñar. Todos nos convertíamos en maestros: siempre había alguien que no sabía jugar y se le explicaba, o alguien nos enseñaba cómo hacerlo.

f) Ejercitar el cuerpo. Incluso en los juegos de mesa había movimiento. No era mucho, pero muchas veces ni siquiera se jugaban en una mesa: podían ser en el piso, en la cama, en la playa, en el parque o hasta en un vehículo. Había que estar moviéndose y pensando.

El cuerpo no permanecía quieto; se ejercitaba. Los niños con obesidad eran pocos. Esto, desde luego, también tiene que ver con la alimentación, pero había otro factor: teníamos la mente y el cuerpo ocupados.

Los juegos de antaño, que hoy casi no se practican, a pesar de que les daban muchas herramientas a los niños de aquel entonces, tanto en los hogares como en las escuelas.

Me sorprende escuchar a algunas mamás decir que no quieren que sus hijos anden en patinetas porque se pueden caer. Claro que se van a caer y se pueden lastimar. No conozco a un niño de mi generación al que no le haya ocurrido algún accidente.

Pero eso también nos fortalecía. Aprendíamos que después de un descalabro uno se recupera y todo sigue, sin importar cuánto haya dolido.

Nos espantamos de que salimos bajos en la prueba de PISA, pero créame que esos juegos fortalecían nuestra capacidad de aprender.

No digo que debamos poner en peligro a los niños, pero es importante alejarlos de las pantallas y permitirles recuperar los juegos de antes: espacios de convivencia, integración, movimiento y desarrollo cognitivo y emocional.

Hay que darles a los niños de hoy la oportunidad que nosotros tuvimos de jugar, explorar, equivocarnos y aprender, para desarrollarse y ser mejores personas, sin olvidar que esos juegos también nos enseñaron a ser empáticos ante el dolor de los demás.

Nos espantamos porque salimos bajos en la prueba PISA, pero créame: aquellos juegos también fortalecían nuestra capacidad de aprender,y de convivir con los demás en santa paz.