A continuación, relato, parte de la vida de una docente, como ella miles en nuestro México, hay muchas historias de maestros que desconocemos, incluso de algunos que tuvimos como profesoras, pero no sabemos de todos los esfuerzos que hacían para enseñarnos, pero hay un sector más comprometido, el que ha trabajado en el modelo llamado Educación Especial.
Es importante conocer las historia de vida de este sector para darle mayor sentido y valor a la enseñanza en nuestro país.
—Mamá, mamá, ¿por qué ese señor te dice "maeta"? Cuando era joven, él no hablaba nada —me contestó—, y ya dice muchas palabras. Fui su profesora.
—Mamá, mamá, ¿por qué ese niño tan grande va en primer año y es tu alumno?
Me contestó: —Porque no sabían enseñarle bien cómo leer, pero ya aprendió y además a sumar. El próximo año lo voy a mandar a aprender algún oficio; dice su papá que herrería.
Ese niño no me cae bien.
—¿Por qué? —me preguntó mi mamá.
—Es que te abraza mucho y casi no sabe hablar.
Me explicó que son niños muy cariñosos, que dan mucho amor y que tardan en aprender a hablar; que ellos se expresan por las emociones y creen que los demás los entienden, pero no es así. "Por lo tanto, debo enseñarles a hablar".
—¿Y los ojos rasgados, por qué los tienen así?
—Es su genética, son diferentes, pero háblale, te va a entender. Juega con él.
A veces me llevaba a verla trabajar cuando yo no tenía clases.
—Mamá, pero si tú eras directora, ahora das clases a estos niños.
—A mí me gusta darles clases, me gusta poderles enseñar. No es fácil porque a cada niño hay que enseñarle diferente.
—Mamá, si ya tienes tu plaza, más de 40 años de edad, ¿para qué quieres estudiar psicología? —le dije.
—Ay, hijo, es que luego me dan cada diagnóstico de los niños que no son correctos, están equivocados, y no hay manera de mandarlos a la escuela adecuada porque el experto ya dijo algo que no es. Pero muchos psicólogos no saben diagnosticar a estos niños; necesitan una formación adicional. Lo sé por mi experiencia y lo que he estudiado, pero como dicen que no soy psicóloga, entonces pobre niño: le echan a perder la vida, incluso dañan a toda la familia, porque es un niño que no saldrá adelante porque no le enseñarán o lo tratarán como se debe. Incluso a algunos les dan fármacos y no los necesitan.
Un día vi a un niño que estaba aparte de todos y se comunicaba con señas. Mi mamá lo tenía recortando las revistas Vanidades y GeoMundo.
—Mamá, ¿ese niño es tonto?
—No, ningún niño es tonto.
—Entonces, ¿qué hace aquí?
—Ay, hijo, me lo mandaron porque dicen que no puede hablar, pero ya lo vi bien: juega y hace lo que tú haces.
Lo querían mandar con el foniatra. Les dije que hablaba una lengua indígena, pero me dijeron que no, que él no habla ni zapoteco, ni mixteco, ni ningún idioma que se hable en Oaxaca, que tiene problemas. El niño habla lengua Seri; uno del INI dice que es "rara" porque no está emparentada con ninguna lengua mexicana y su sonido es muy diferente. Pero es relisto el chamaco.
—Mamá, y ahora, ¿qué estudias?
—Me inscribí a la licenciatura sabatina de Educación Especial —me contestó.
—Mamá, pero si tú les das cursos a los maestros, tú los capacitas...
—Sí, pero quiero aprender más, quiero ver si hay nuevas formas de apoyar.
Me pidió que le revisara su tesis de licenciatura de Educación Especial antes de entregarla al jurado. Se tituló a las pocas semanas.
Retrocedo en el relato. Yo era un niño pequeño y vi a mi mamá toda emocionada; se iba a entrevistar con la esposa del gobernador Gómez Sandoval en aquel entonces, junto con otras maestras. Había que abrir una escuela que atendiera la educación especial en Oaxaca.
Después de tanto batallar, se abrió, se llamó Centro de Rehabilitación y Educación Especial (CREE), funcionó por muchos años en la Col. Miguel Alemán . Les hablo de principios de los años setentas. Fue directora de esa institución, después la moverían de puesto.
—¿Para dónde vamos, mamá?
—A conseguir unas muletas.
—¿Para quién?
—Para un niño que le dio polio —me contestó. Eran los setentas, todavía había rezagos de esa enfermedad.
—Le dije: pero ¿no debe de andar en silla de ruedas?
—Sí, pero quiero que aprenda a andar en muletas para que se pueda mover más, sea más independiente. Le van a poner unos aparatos para que se fijen sus piernas.
Tenía un grupo de amigas maestras, todas ellas comprometidas con la enseñanza de los niños con problemas de aprendizaje. Recuerdo con mucho cariño a la profesora Noemí García; ella, además, me ayudó a mejorar mi habla. Y más, Ada, Margarita Rojas, Donají, Guadalupe, entre muchas más que no recuerdo ahora sus nombres. Ellas buscaban que cada niño tuviera las herramientas básicas para la vida: primero saber hablar, después escribir y la aritmética; posteriormente, que tuvieran un oficio para ganarse el pan. "No todos tienen la capacidad ni el apoyo para ir a la universidad, pero sí para ganarse el pan de cada día", me decía.
Las mamás de estos niños eran muy agradecidas con ella, mujeres de pocos recursos económicos pero de gran corazón, que buscaban a mi mamá para que sus hijos aprendieran.
Nuevamente fue directora, después supervisora; capacitaba a profesores para que pudieran enseñar a todo tipo de niños.
Llegaron, los USAER (Unidad de Servicios de Apoyo a la Educación Regular), cuyo objetivo es asegurar la inclusión de alumnos con discapacidades, aptitudes o dificultades severas de aprendizaje y conducta.
No fueron mucho de su agrado. Me decía que el problema era cómo operaban. Que bajo ese modelo los papás no se comprometían y me decía: "En cualquier modelo de enseñanza, el que me digas, si la mamá no se compromete, el niño no aprenderá".
Ella trabajaba de la mano con las mamás (nunca escuché que mencionara a los papás). Le decía: "¿Y la abuelita? ¿Si ella puede?". Me contestaba: "Algunas ayudan, pero al niño hay que hacerlo sentir querido, no es solamente el método, y si la mamá no apoya, la mayoría se siente rechazado".
"Si la mamá apoya, está fácil; pero si no, pues el trabajo es más complicado".
Yo la admiraba mucho por su compromiso y más por lograr que cualquier niño aprendiera. Afortunadamente, había muchas profesoras con ese nivel de compromiso y dejó a varias más cuando ella se jubiló.
—Me vinieron a buscar para dar clases —me contó después de haberse jubilado—. Pero les dije que ya no tenía los ánimos y que en la enseñanza, si no se tiene la energía, mejor no engañar y dedicarse a otra cosa.
También trabajó con sordos, e igual los sacaba adelante. Recuerdo cómo les ponía su manita en su cuello para que sintieran la vibración del sonido. Esas escenas de niño quedaron en mí.
Muchos niños incluso hasta los más traviesos (considerados con problema de conducta, decía: "ni qué medicamento, ni qué poseído, a ese niño lo componemos"), a todos los ayudaba y buscaba darles herramientas para la vida.
A 10 años de su partida física, sigue viva en mi corazón y en los muchos niños que impulsó y ayudó.
Tú vives en mí y en muchos; tu legado me honra, mamá. Gracias por seguir a mi lado a través de tus enseñanzas y vivencias.