Opinión

Mamás incondicionales: las abuelas

Por Pedro Octavio Reyes Enríquez

El querer de las abuelas es tan tierno, tan suave y tan fuerte que uno empieza a sentir, desde niño, el amor a través de ellas


De niño pensaba que mis dos abuelas me querían mucho más que mi mamá. Ellas no me regañaban, no me pegaban: me consentían. Mi abuela Elvira (paterna) me llevaba a la matiné de los domingos cada vez que nos visitaba en Oaxaca y me permitía subirme a jugar al estrado (antes la mayoría de los cines lo tenía debajo de la pantalla); mi mamá, por supuesto, no.

Cuando nos visitaba, nos llevaba juguetes, que ella llamaba “engañitos”. Recuerdo que una vez me regaló un juego de desarmadores para niños, y las consecuencias las sufrió un radio portátil… bueno, quería ver qué tenía por dentro.

Mi abuela María (materna) les decía a los nietos: “Los voy a llevar a comprar una nieve, un raspado, un helado o una riquísima gloria ¿qué se les antoja más?”. También me daba para mis chintules, que tanto me gustaban. A veces incluso me daba para “Las Chispas” (si sabes qué son, eres todo un conocedor de la cultura chavorruco). En cambio, para que mi mamá me comprara algo, tenía que rogarle; y si se trataba de dinero, me mandaba con mi papá a negociar con él, con todo lo que implicaba pedirlo en aquella época: ir bien en la escuela, hacer el quehacer doméstico, respetar las normas de la casa, etc. Hoy, aunque el niño se porte mal, muchas veces le dan lo que pide bajo el pretexto de que “lo necesita”.

Para mi abuela María, yo siempre fui el más flaquito de sus nietos; entonces me veía y quería comprarme, en un solo día, todo lo que a un niño se le podía antojar. Decía que era muy melindroso para comer, pero que lo dulce sí me lo comía.

Claro, a mis abuelas solamente las veía algunas veces al año, en periodos vacacionales y por pocos días. Ellas no eran responsables de mi educación, ni de cuidarme si me enfermaba, ni tenían obligaciones económicas conmigo. Su argumento era que estaban para consentirme, que casi no me veían y que, cuando lo hacían, no me iban a estar regañando. A veces mi mamá se quejaba de mí con ellas, y cada una, a su manera, en medio de un abrazo o con un beso, apenas me decían: “Pórtate bien, sé obediente”.

El querer de las abuelas es tan tierno, tan suave y tan fuerte que uno empieza a sentir, desde niño, el amor a través de ellas. Se siente uno apapachado y valorado por ese cariño incondicional.

Desde luego que mi mamá me adoraba, como a todos mis hermanos —o al menos así nos lo decía siempre—, pero su responsabilidad era otra: sembrarnos valores, infundirnos disciplina, lograr que nos fuera bien en la escuela, procurar una sana convivencia entre hermanos basada en el respeto y enseñarnos que las cosas se ganan con esfuerzo.

Si mi mamá solamente nos hubiera consentido como lo hacían las abuelas, la historia mía y la de mis hermanos sería otra. A un niño no se le puede dar todo lo que pida, ni aunque te sobre. Claro, de pequeño no lo comprendes, pero es necesario que así sea. Tampoco se trata solo de dar apapachos: es necesario corregir, regañar y, si hace falta, castigar, desde luego de pequeño no lo comprendes, pero a la mamás de antes no les importaba que ellas fueran las “malas”, les tenía sin cuidado que las viéramos con enojo .

Pero qué bonito es que tus abuelas te consientan; esos momentos te hacen sentir como en el paraíso infantil. Bendito sea el amor de las abuelas.

Claro, algunas abuelas asumen totalmente la responsabilidad de los nietos; entonces no pueden solamente consentirlos ni comprarles todo lo que quieran. Pero eso es todavía más admirable y virtuoso, por todo el esfuerzo que implica.

He visto papás que se encelan del amor que les tienen las abuelas a sus nietos: “Mamá, a mí no me tratabas como tratas a mis hijos; a mí me regañabas a cada rato y no me comprabas cosas como a ellos”, o comentarios parecidos. Pero las abuelas ya no están pensando en castigar o educar con disciplina; nos enseñan otros aspectos del amor: la generosidad, el apoyo incondicional, el cariño sin condiciones, la sonrisa de complicidad sin malicia, los pequeños secretos (“no le digas a nadie que te di”) y la sabiduría al querer.

El amor de las mamás es muy necesario en este mundo; es esencial para que la vida exista. Pero el de las abuelas es un regalo: es el amor en su fase más tierna, totalmente magnánimo, que todos necesitamos sentir. Felicidades a todas las abuelas que han dado amor a sus nietos, mostrando que el amor incondicional existe más allá de nuestras mamás.

Texto dedicados a mis dos abuelas, grandes mamás y ejemplares como abuelitas QEPD.