Opinión

Educar a través de la ropa usada

Por Pedro Octavio Reyes Enríquez

Enseñemos a nuestros hijos a reutilizar


Gran parte de la ropa que usé de niño era usada. Fui el tercer hermano varón y, como el décimo primo en nacer, tenía mudas para escoger.

Mi mamá me llevó a la misma escuela a la que asistieron mis hermanos, así que usaba los uniformes que ellos iban dejando. Como desde niño soy delgado, no podía usar toda la ropa que dejaban, pero en algunas ocasiones me la ajustaban.

La mayoría de mis pantalones eran de mezclilla, no precisamente porque estuvieran de moda, sino porque eran aguantadores. Claro que los rompía, pero no se podían usar con hoyos; se veía mal, así que mi mamá les ponía parches. En muchas tiendas los vendían y muchos de mis compañeros los llevaban en su ropa. Hoy, ponerle un parche a un pantalón sería impensable.

Ojo: los pantalones de mezclilla eran para la clase obrera y para gente que no cuidaba demasiado sus prendas, como muchos niños. También los usaban los llamados hippies como una forma de protesta. No eran caros; después, la mercadotecnia los puso de moda y su precio se elevó considerablemente.

Usar ropa usada no era sinónimo de pobreza. Muchas personas la utilizaban porque era una manera de reutilizar las prendas que todavía estaban en buen estado y alargar su vida útil. En las ciudades pequeñas y medianas no había tiendas departamentales como ahora; las grandes cadenas empezaron a llegar a Veracruz y a las ciudades del sureste en los años noventa.

Me acuerdo de que en Oaxaca había una tienda de ropa que se llamaba Mario —no sé si todavía exista—. Pedías la ropa en un mostrador y las mamás le decían al dependiente: «Quiero un pantalón azul de mezclilla» o «uno para el uniforme de la escuela». El dependiente sacaba los modelos y te los mostraba. Y las madres decidían qué te ponías; nada de «no me gusta» o «lo quiero de tal color». Incluso podían pedirlo un poquito más grande para bajarle el dobladillo y que te durara más.

También muchas mamás les hacían la ropa a sus hijas o se la mandaban hacer. Surgieron muchas tiendas de telas por todo el país.

¿Qué significado tenía que los niños usaran ropa usada?

A) Aprendían a reutilizar la ropa. Esto significaba que era más importante lo útil que lo efímero, sin importar que la prenda estuviera deslavada, siempre y cuando siguiera cumpliendo su función de cubrir el cuerpo. El niño se sentía seguro; es más, hasta se tenía la playera favorita o la de la suerte que se podía usar muy seguido; en mi caso, tenía una de Topo Gigio.

B) Se fortalecía la identidad familiar. Saber que se llevaba una prenda de un hermano o de otro pariente generaba un sentido de pertenencia. Recuerdo que a mí me guardaban ropa durante meses, hasta que me quedara. A veces me la ponía aunque se me viera grande y decía: «Es de mis hermanos mayores, así que cuidado, tengo quien me defienda». Eso me daba seguridad. Me sentía arropado emocionalmente por ellos.

C) La personalidad se volvía más recia, más resiliente, diríamos ahora. Nadie se frustraba por no tener ropa nueva o de marca. No se sentía tanta presión social por las cosas materiales. Hoy en día, y más con las redes sociales, los jóvenes se sienten obligados a usar prendas nuevas para cada evento. Incluso he escuchado la frase: «No fui a la fiesta porque no tenía ropa que ponerme».

D) Se contribuía al cuidado del medio ambiente. En el mundo hay un exceso de ropa y, por lo tanto, se está generando una gran cantidad de contaminación. Al reutilizarla se cuida la naturaleza. La ropa no es basura mientras sus hilos y telas todavía puedan tener una vida útil. El niño, sin saberlo, contribuía al cuidado del medio ambiente; no se le fomentaba la cultura del desperdicio, del «úsese y tírese».

E) Se fortalecía el compartir en familia. Eso era importante: pasarse la ropa, guardarla para otro, recibirla. Era parte de la identidad grupal. Basta mirar las fotografías familiares de diferentes años para recordar cómo las prendas también formaban parte de esa historia compartida.

En el mundo ya existen grandes basureros textiles. De acuerdo con información de la ONU que circuló en 2025, se generan alrededor de 92 millones de toneladas de residuos textiles al año; además, una parte importante de la ropa actual contiene poliéster, nailon u otras fibras derivadas del petróleo que pueden liberar microplásticos (que daña a lo seres humanos y muchos animales) y tardar cientos de años en degradarse.

Lo que ocurre con la ropa de paca es que, en cierta medida, se traslada la ropa usada a otros países, donde eventualmente puede convertirse en contaminación. Claro, esto es mejor que desecharla directamente y producir más prendas para sustituirla, pero tampoco resuelve el problema de fondo.

Mi abuela materna me decía “la ropa no hace al monje” (el hábito no hace al monje), “nunca juzgues a alguien por su apariencia, ni traer prendas caras nos hace mejores personas”. Eso debemos enseñar a los niños de hoy: que no caigan en el juego de la vanidad; además, que reutilicen su ropa lo más posible; que su ropa sea de telas naturales (algodón, lino, bambú, lana, principalmente). En el México antiguo se usaba tela de maguey (ayate de ixtle), la cual era muy dura.

Claro tampoco podemos caer en el extremo de traer al niño con ropa sucia, maltrecho, descuidado, siempre el punto medio, en donde él se sienta querido y aceptado por los padres, pero tampoco le enseñemos a nuestro hijo que solamente con ropa nueva será querido.

Un dato importante, si se compra ropa usada, antes de utilizarse debe desinfectarse, con vinagre o algún otro producto que no la dañe, preferentemente secarla al sol directo y con plancha de vapor, y desde luego evitar usar ropa interior, por el riesgo de infecciones, especialmente en niños.

Utilizar ropa de uso de la familia, es una lección de humildad, de ahorro, de cuidado del ambiente.