Vivimos en una época obsesionada con el control. Controlar el tiempo, el cuerpo, las finanzas, la imagen, el futuro. Nos han convencido de que la seguridad depende de anticiparlo todo, de prever cada riesgo y de tener siempre un plan B, C y D. En ese contexto, el concepto judío de Bitajón resulta profundamente contracultural y, quizá por eso mismo, tan necesario.
Bitajón suele traducirse como “confianza”, pero no se trata de una confianza ingenua ni pasiva. En el judaísmo, Bitajón es la confianza profunda en que la vida —y lo que la sostiene— tiene un orden y un sentido, incluso cuando no logramos comprenderlo. No es la negación del esfuerzo humano, sino su complemento. No significa cruzarse de brazos esperando milagros, sino actuar con responsabilidad sin quedar atrapados por el miedo.
A diferencia de la fe entendida como creencia ciega, Bitajón es una postura interior. Es la capacidad de caminar aun cuando el terreno es incierto, sabiendo que no todo depende de uno. Y eso, para una cultura que glorifica la autosuficiencia, resulta incómodo. Porque confiar implica aceptar límites, reconocer vulnerabilidad y admitir que no somos el centro del universo.
El judaísmo nunca ha promovido la idea de que “todo saldrá bien” en el sentido simplista. De hecho, la tradición está llena de textos que reconocen el dolor, la pérdida y la injusticia. Bitajón no promete finales felices, pero sí propone una actitud: no dejar que la incertidumbre destruya la dignidad ni la esperanza. Es confiar no en que todo será fácil, sino en que incluso lo difícil puede ser atravesado con sentido.
Uno de los grandes aprendizajes del Bitajón es que la ansiedad excesiva no es previsión, sino una forma de arrogancia disfrazada. Creer que, si pensamos lo suficiente en el peor escenario, podremos evitarlo todo, es asumir un poder que no tenemos. El Bitajón, en cambio, invita a hacer lo que está en nuestras manos y soltar aquello que no controlamos. No por resignación, sino por sabiduría.
En tiempos de crisis —personales, sociales o económicas— este concepto adquiere una dimensión ética. Confiar no es evadir la responsabilidad ni justificar la injusticia. Al contrario: quien practica Bitajón actúa, decide, se equivoca y vuelve a intentar, pero sin quedar paralizado por el miedo al fracaso. Hay una serenidad activa en esta confianza, una firmeza
que no depende de resultados inmediatos.
Quizá una de las enseñanzas más poderosas del Bitajón es que la vida no es una negociación constante con el destino. No se trata de portarse bien para que todo salga como uno quiere. Se trata de vivir con integridad, aun cuando el resultado no sea el esperado. De mantener la coherencia incluso cuando el panorama no ofrece garantías.
En una sociedad marcada por la prisa, el estrés y la necesidad de certezas inmediatas, el Bitajón nos recuerda algo esencial: confiar no es perder el control, es recuperar el equilibrio.
Es entender que el valor de una persona no se mide por su capacidad de dominarlo todo, sino por su manera de sostenerse cuando no domina nada.
Tal vez, al final, el Bitajón no nos enseña a confiar en que la vida será justa, sino a confiar en que podemos atravesarla con entereza. Y en tiempos tan frágiles como los actuales, esa puede ser una de las formas más profundas de fortaleza.