Este domingo 8 de febrero de 2026, en el Super Bowl LX, el ícono global de la música urbana Bad Bunny subirá al escenario del entretiempo para entregar una actuación que, en su forma y contenido, ha desbordado el marco de un espectáculo musical para convertirse en un fenómeno cultural y político de proporciones históricas. Lo que podría haber sido una simple “fiesta” para millones de televidentes se ha trasformado en un acontecimiento simbólico que desnuda las tensiones de una sociedad polarizada y las contradicciones de la identidad cultural en el siglo XXI.
Bad Bunny, cuyo nombre real es Benito Antonio Martínez Ocasio, no es ajeno a la controversia. Hace apenas días, tras ganar el Grammy al Álbum del Año con Debí Tirar Más Fotos, utilizó su discurso para denunciar las políticas migratorias de Estados Unidos señalando a ICE, la agencia de control de inmigración, con un contundente “ICE out”, y apelando a la humanidad y dignidad de los migrantes latinos frente a discursos de criminalización. Lo que para muchos fue un acto de valentía y solidaridad, para otros se convirtió en un gesto “político” que, según voces conservadoras, no tendría lugar en la vitrina global del Super Bowl.
Lo sorprendente —y esclarecedor— de este episodio no es simplemente la reacción partidista —desde expresiones de rechazo de sectores MAGA hasta llamados a boicotear o sustituir su performance por una alternativa “más americana”— sino la discusión que ha desatado sobre qué significa ser estadounidense, quién define la cultura hegemónica y qué lugar ocupan las comunidades hispanohablantes en la narrativa pública.
La NFL, lejos de retroceder, defendió la elección de Bad Bunny como uno de los artistas más influyentes del mundo, subrayando su capacidad para atraer a audiencias diversas y reflejar la pluralidad de una fanbase global. Roger Goodell, comisionado de la liga, evitó convertir el show en un ajedrez partidista, prefiriendo destacarlo como una celebración. Y esto es fundamental: al final, el espectáculo puede ser fiesta y política, porque la cultura nunca es neutra.
¿Por qué? Porque ni el idioma, ni la representación artística, ni la identidad cultural están desligados de contextos de poder. Que Bad Bunny se presente predominantemente en español frente a decenas de millones es, en sí mismo, una declaración: implica reconocer una comunidad silenciada por siglos en los grandes escenarios mediáticos de Estados Unidos. Que sea puertorriqueño, y que Puerto Rico siga siendo un territorio no estatalizado con ciudadanía estadounidense secundaria, intensifica aún más el debate sobre pertenencia, colonialismo y visibilidad.
El rechazo de sectores conservadores no es aleatorio; es la manifestación de una resistencia a perder el monopolio narrativo sobre qué es “lo americano”. El ingrediente clave aquí no es solamente la política explícita de Bad Bunny —sus críticas a la inmigración o al ICE— sino que su presencia desborda los límites tradicionales del entretenimiento en inglés y reta el imaginario de una cultura que por demasiado tiempo ha relegado el español a un espacio periférico.
Sin embargo, la coherencia de Bad Bunny no reside únicamente en sus opiniones políticas —eso es solo una parte del relato— sino en su trayectoria artística y cultural: su música ha sido un puente urdido entre lo popular y lo político, entre lo local y lo global. No “adapta” su mensaje para agradar; lo afirma con orgullo, sin resignarse. Su coherencia radica en ser fiel a su identidad boricua y latina en escenarios que, históricamente, demandaban asimilación.
Esto explica por qué figuras como Romeo Santos celebran su presencia en el Super Bowl como un hito para la representación latina, y otros defienden su actuación como una victoria cultural que trasciende el espectáculo. En un mundo donde el arte y la política se encuentran cada vez más en la arena pública, negar que esta actuación tenga implicaciones sociales profundas sería negar la historia que estamos presenciando. Y qué importa si no canta o es un tanto vulgar? Ha sido mucho más valiente que otros, y no es por defenderlo pero debemos tener claro que el hace trap.
Al final, el fenómeno Bad Bunny no se reduce a pop urbano o ratings televisivos. Es un espejo: refleja las fracturas y aspiraciones de una sociedad que se debate entre abrazar la diversidad o aferrarse a una narrativa excluyente. En ese choque, el escenario del Super Bowl se convierte, paradójicamente, en un espacio de encuentro donde la cultura latina se afirma sin pedir permiso, y donde la música —en español o en cualquier idioma— sigue siendo uno de los lenguajes más poderosos para decir quiénes somos y quiénes aspiramos a ser.