En los últimos años hemos aprendido —a veces a la fuerza— que la identidad ya no cabe en moldes rígidos. Las generaciones más jóvenes nos han obligado a ampliar el vocabulario emocional, cultural y simbólico con el que interpretamos el mundo. En ese contexto aparece un fenómeno que para muchos resulta desconcertante: los therians.
El término tiene su origen en la palabra griega therion, que significa “bestia”, y se refiere a personas que se identifican, a nivel interno o espiritual, con un animal no humano. No se trata de disfraces, ni necesariamente de performance pública, ni de un espectáculo digital. Es, para quienes así se nombran, una vivencia identitaria profunda. La comunidad comenzó a organizarse en espacios virtuales desde finales del siglo XX y hoy encuentra en plataformas como TikTok un escaparate que amplifica tanto su voz como las críticas que reciben.
Como suele ocurrir, la visibilidad trae consigo juicio. En redes sociales abundan burlas, diagnósticos improvisados y condenas morales. Se les acusa de “confundir fantasía con realidad” o de formar parte de una moda pasajera. Pero más allá de simpatías o incomodidades personales, la pregunta de fondo no es si entendemos a los therians. La pregunta es si estamos dispuestos a convivir con aquello que no comprendemos.
Vivimos en una época donde el debate público se polariza con rapidez. Basta que una identidad emerja para que se le coloque bajo el reflector del escarnio colectivo. Lo hemos visto con comunidades religiosas minoritarias, con expresiones culturales urbanas, con orientaciones sexuales diversas y con movimientos sociales que cuestionan el statu quo. La historia demuestra que la primera reacción ante lo diferente suele ser el miedo. Y el miedo, cuando no se gestiona con pensamiento crítico, deriva en exclusión.
Como académica, me interesa menos el fenómeno en sí y más lo que revela sobre nuestra capacidad de tolerancia. El respeto a las ideologías diversas no significa adhesión automática ni validación acrítica. Significa reconocer que el espacio público no nos pertenece en exclusiva. Que la democracia no se reduce al voto, sino que se construye en la convivencia cotidiana con quien piensa, siente o cree distinto.
Es importante hacer una distinción: la libertad de identidad y expresión tiene límites cuando vulnera derechos de terceros. Ese es el marco ético y jurídico que sostiene cualquier sociedad plural. Pero mientras una práctica o autodefinición no implique daño, violencia o coacción, la descalificación automática habla más de nuestras propias inseguridades que del fenómeno observado.
El reto contemporáneo es aprender a dialogar sin ridiculizar. No todo lo nuevo es patología; no toda diferencia es amenaza. Las redes sociales han convertido cualquier rareza en tendencia viral, y eso exacerba la percepción de que “el mundo se salió de control”. Sin embargo, si revisamos la historia cultural, veremos que cada generación ha tenido sus
expresiones incomprendidas: desde movimientos artísticos hasta tribus urbanas que en su momento escandalizaron a sus mayores.
¿Hay riesgos de confusión identitaria en ciertos contextos? Por supuesto, como los hay en cualquier proceso humano de búsqueda de pertenencia. Por eso la respuesta no es la burla, sino la educación emocional y el acompañamiento responsable. La salud mental no se defiende con memes hirientes, sino con información, escucha y profesionalismo.
La discusión sobre los therians nos obliga a mirarnos al espejo. ¿Somos capaces de sostener una conversación compleja sin convertirla en linchamiento digital? ¿Podemos disentir sin humillar? La madurez democrática se mide, precisamente, en la manera en que tratamos a las minorías culturales.
No se trata de romantizar ni de demonizar. Se trata de entender que la diversidad ideológica y simbólica es parte inherente de las sociedades abiertas. El respeto no es debilidad; es fortaleza institucional y humana. Porque cuando el criterio para otorgar dignidad depende de nuestra comprensión personal, estamos construyendo un mundo peligrosamente estrecho.
Quizá el fenómeno therian pase, evolucione o se transforme. Las identidades cambian, las comunidades migran, las narrativas mutan. Lo que no debería cambiar es nuestro compromiso con la convivencia respetuosa. En tiempos donde la indignación se monetiza y el algoritmo premia la confrontación, elegir el respeto es un acto casi contracultural.
Y sin embargo, es el único camino sostenible.