Opinión

México: la paradoja de las dos economías

Por Artillero / Moisés Hernández Yoldi


La Copa Mundial de Futbol de 2026 dejó imágenes memorables dentro de la cancha, pero quizá una de las más interesantes e inquietantes, ocurrió fuera de ella.

Mientras analistas y organismos internacionales advertían sobre la desaceleración de la economía mexicana, miles de aficionados pagaban cifras inéditas por asistir a los partidos disputados en nuestro país. En el mercado secundario, los boletos para algunos encuentros en México alcanzaron los 100 mil pesos por persona, precios muy superiores a los de sedes equivalentes en Estados Unidos y Canadá, y pese a ello, los estadios lucieron llenos.

No fue una anomalía, es simplemente México.

Si existe un país capaz de reunir en un mismo territorio algunas de las expresiones más extremas de riqueza y pobreza del planeta, ése es el nuestro.

La contradicción comienza con los grandes números, con un Producto Interno Bruto (PIB) cercano a 1.9 billones de dólares, México se mantiene entre las 15 mayores economías del mundo y ocupa uno de los primeros lugares entre los 38 países que integran la OCDE por el tamaño de su economía. Produce automóviles, exporta manufacturas de alta tecnología, participa en las cadenas globales de suministro y mantiene una estrecha integración con el mayor mercado del planeta: Estados Unidos.

Sin embargo, detrás de esa fortaleza macroeconómica aparece otra realidad. De acuerdo con las mediciones oficiales, 38.5 millones de mexicanos viven en situación de pobreza, mientras cerca de 7 millones permanecen en pobreza extrema. En cientos de municipios aún existen hogares sin agua potable, sin drenaje, con piso de tierra, techo de lámina y donde la leña continúa siendo el principal combustible para cocinar.

No hablamos de dos países distintos, hablamos del mismo.

Los economistas suelen clasificar a las naciones como desarrolladas, emergentes o de bajos ingresos. México desafía esa clasificación. En realidad, funciona como una economía dual.

Una parte del país compite con Alemania, Japón o Corea del Sur en sectores como la manufactura avanzada, la industria automotriz, la aeronáutica o los dispositivos médicos. La otra sigue atrapada en condiciones que recuerdan a las economías menos desarrolladas del planeta.

Ambas coexisten, ambas son México.

Esa dualidad también puede observarse en el consumo. Cada año, el Gran Premio de Fórmula Uno agota localidades cuyos precios alcanzan decenas de miles de pesos. Lo mismo ocurre con los conciertos de artistas internacionales, donde los boletos VIP superan con facilidad el ingreso mensual de una familia promedio.

Durante el Mundial volvió a repetirse el fenómeno. Lejos de desincentivar la asistencia, los elevados precios parecieron confirmar la existencia de un segmento de consumidores con un poder adquisitivo equiparable al de los países más ricos del mundo.

Lo mismo ocurre con el mercado de lujo. Mientras buena parte de los hogares enfrenta restricciones económicas, México se ha consolidado como uno de los mercados más importantes de América Latina para marcas como Porsche, Ferrari, Lamborghini, Bentley, Rolls-Royce, BMW o Mercedes-Benz.

En ciudades como San Pedro Garza García, Polanco, Santa Fe o Bosques de las Lomas, los precios inmobiliarios compiten con los de Madrid, Miami o Nueva York.

Durante el último sexenio, las fortunas de los principales empresarios mexicanos crecieron de manera notable. Carlos Slim continúa figurando entre las personas más ricas del planeta; Germán Larrea multiplicó el valor de su patrimonio impulsado por el auge de la minería; mientras que otros grandes grupos empresariales incrementaron considerablemente el valor de sus activos.

Paradójicamente, ese mismo periodo estuvo marcado por un crecimiento económico moderado. Esa es la contradicción.

El problema de México no es que existan ricos, tampoco que existan pobres. Eso sucede prácticamente en todas las economías del mundo. Lo excepcional es la distancia que existe entre unos y otros.

Diversos estudios sobre desigualdad muestran que el 1% de mayores ingresos concentra una proporción extraordinariamente alta de la riqueza nacional, mientras que millones de personas permanecen excluidas de los beneficios del crecimiento. El coeficiente de Gini de México –uno de los indicadores más utilizados para medir la desigualdad– sigue ubicándose entre los más elevados de la OCDE, pese a las mejoras registradas en los últimos años.

En términos económicos, México es un país de contrastes. En términos sociales, es un país de extremos.

Y esa combinación explica muchas de nuestras contradicciones. Explica por qué un automóvil de diez millones de pesos puede detenerse frente a un semáforo donde un niño vende dulces para ayudar al sustento familiar.

Explica por qué una familia puede pagar cientos de miles de pesos por un palco en un estadio mientras otra depende de programas sociales para completar su alimentación.

Explica por qué las boutiques de lujo conviven, a unas cuantas calles de distancia, con colonias que carecen de servicios básicos.

No son dos Méxicos, es uno solo.

Un país donde el primer mundo y el tercero no están separados por un océano ni por una frontera, sino, muchas veces, por apenas unas cuantas calles.

Quizá por eso México constituye un caso de estudio para economistas, sociólogos y politólogos.

No porque sea pobre, no porque sea rico, sino porque ha “logrado” algo que pocas naciones presentan con tal intensidad: hacer convivir dos realidades económicas radicalmente distintas bajo un mismo Estado, una misma moneda y un mismo mercado.

Mientras esa brecha no se reduzca, el verdadero desafío del país no será crecer más. Será conseguir que ese crecimiento deje de pertenecer únicamente a unos cuantos y se convierta, por fin, en prosperidad compartida.