Opinión

Rocky y la crueldad animal

Por Claudia Viveros Lorenzo

Hay imágenes que uno quisiera no volver a ver. No porque incomoden, sino porque duelen


Hay imágenes que uno quisiera no volver a ver. No porque incomoden, sino porque duelen. Duelen en un lugar distinto, ese donde habita la empatía.

La historia de Rocky, el perro de Saltillo que fue arrastrado por una camioneta hasta provocarle lesiones irreversibles y finalmente la muerte, no es un hecho aislado. Es el reflejo de una sociedad que aún tiene sectores incapaces de comprender que los animales no son objetos, no son herramientas y mucho menos propiedades desechables. Son seres sintientes. Sienten miedo, dolor, angustia, apego y amor. Y, sin embargo, todavía existen quienes consideran que su vida vale menos porque caminan en cuatro patas. Las autoridades detuvieron a personas presuntamente involucradas y el caso ha despertado una enorme indignación social.

Hace apenas unas semanas, en Veracruz, otro caso volvió a estremecernos. En Geo Villas del Puerto, un perro perdió la vida en un episodio de extrema violencia que también provocó la exigencia ciudadana de justicia y una investigación por parte de las autoridades.

Lo verdaderamente esperanzador es que hoy estos hechos ya no pasan desapercibidos. La sociedad se indigna. Denuncia. Exige castigo. Hace apenas unas décadas, muchos de estos actos se habrían minimizado con un terrible: "solo era un perro".

Y precisamente ahí radica el problema.

No me gusta generalizar. Sería profundamente injusto. Conozco personas mayores que aman a los animales con una ternura admirable. Pero también es innegable que algunas generaciones crecieron bajo una educación distinta, donde al perro se le veía únicamente como guardián de la casa, al gato como cazador de ratones y a los animales como seres inferiores cuya existencia giraba alrededor de servir al ser humano.

Esa visión todavía persiste.

Hace poco conversaba con un hombre de más de sesenta años. Le hablaba del inmenso amor que siento por mis perros, de cómo forman parte de mi familia, de cómo me preocupa su salud, su alimentación, su bienestar emocional. Mientras hablaba, él sonreía con esa mezcla de burla e incredulidad que resulta imposible no percibir.

Después respondió:

"Yo siempre le he dejado claro a mi perro quién es el amo."

No discutí. Comprendí que no estábamos hablando del mismo idioma.

Porque para algunos existe una relación basada en la dominación. Para otros, la relación está construida desde el respeto.

Mis perros no son mis hijos, porque son perros y merecen ser respetados como tales. Pero sí son mi familia. No necesito imponerles miedo para que exista un vínculo. No necesito recordarles todos los días quién manda. El liderazgo no se construye desde la violencia; tampoco el amor.

Algo parecido ocurrió cuando Pedro Sola expresó públicamente opiniones sobre los perros que provocaron una intensa discusión en redes sociales. Más allá de la polémica específica, quedó en evidencia que todavía existen personas que consideran exagerado el afecto hacia los animales o que no alcanzan a comprender por qué su sufrimiento genera tanta indignación.

Quizá porque durante muchos años nadie les enseñó que la empatía también se aprende.

El respeto hacia los animales no responde a una moda ni a una generación "demasiado sensible", como algunos afirman despectivamente. Es resultado de un avance ético de la humanidad. Así como aprendimos que la violencia contra las mujeres no debía normalizarse, que la infancia merece protección especial y que las personas con discapacidad tienen derechos, también hemos comprendido que los animales son seres sintientes y que el Estado tiene la obligación de protegerlos.

La forma en que una sociedad trata a quienes son más vulnerables dice mucho de su nivel de civilización.

Rocky ya no volverá a mover la cola.

El perro de Geo Villas del Puerto en veracruz, tampoco.

Pero ambos nos dejan una pregunta incómoda: ¿qué tipo de sociedad queremos ser?

Una donde todavía se piense que un perro "solo sirve para cuidar la casa" o una donde entendamos que la compasión jamás ha sido un signo de debilidad, sino de evolución.

Porque el día que dejemos de estremecernos por el sufrimiento de un animal, habremos perdido una parte muy importante de nuestra propia humanidad.