El oficio que se niega a desaparecer: betunero veracruzano pide no dejar morir la tradición

Imagen El oficio que se niega a desaparecer: betunero veracruzano pide no dejar morir la tradición

Por: Luis Alberto Luna Ramírez

Hay oficios que pueden cargan historias en un pequeño cajón, el oficio de bolero es uno de ellos, donde los boleros guardan historias en cada brocha y en cada par de zapatos que pasan por sus manos. Rafael Moreno Blanco es uno de esos personajes que ya forman parte del paisaje urbano de Veracruz: un betunero —así se llama correctamente a quien lustra calzado, como él mismo se encarga de aclarar— con 46 años de oficio, la mayoría de ellos en el mismo rincón del Parque Zamora.

Su historia no empezó con una vocación clara ni con un plan de vida trazado. Empezó con un castigo.

Un cajoncito y un regaño que se volvieron destino

Rafael tenía 14 años cuando dejó de estudiar. Su padre, quien también era betunero y falleció hace poco, no se anduvo con rodeos: si no quería la escuela, que se pusiera a trabajar. Le puso un cajón en las manos —de esos pequeños, no las sillas que se usan hoy— y lo mandó a ganarse el pan.

Sus primeras boleadas las dio en el antiguo Café de la Merced, en el puerto de Veracruz, cuando era apenas un muchacho. Ahí conoció clientes que lo trataban bien y le dejaban propina. Ahí descubrió que ese trabajo le gustaba, o más bien, como él dice con sencillez, le gustó el dinero que le dejaba.

"Era bonito porque había clientes que nos llamaban, nos atendían bien, nos daban propina. Actualmente ya no".

Rafael Moreno Blanco, petero con 46 años de oficio

Después de tres o cuatro años en el café, Rafael se instaló en el Parque Zamora. Eso fue hace casi 42 años. Desde entonces, ese es su lugar.

Los zapatos de vestir se acabaron, y con ellos buena parte del trabajo

El oficio no es el mismo que era en 1980. Rafael lo dice sin rodeos: el trabajo ha bajado, y hay razones concretas para eso. La principal es un cambio cultural que se nota en cualquier calle del país.

La gente ya no usa zapato de vestir como antes. El tenis se apoderó del guardarropa de los mexicanos, y con él llegaron los zapatos de gamuza y materiales que simplemente no se bolean. Quienes aún mantienen viva esa costumbre, cuenta Rafael, son principalmente personas adultas: licenciados, maestros, trabajadores de oficina. Gente que todavía considera que los zapatos lustrados son parte de una buena presentación personal.

"Ya los jóvenes ya no. Hay mucho tenis, muchos zapatos de gamuza, el zapato de vestir ya muy poca gente lo usa".

Rafael Moreno Blanco

Y si el tenis ya venía cambiando el panorama desde antes, la pandemia de COVID-19 terminó de golpear al gremio. Desde esos años, la clientela disminuyó de forma notable y no se ha recuperado.

De un peso a cincuenta: así cambió el precio de una boleada

Cuando Rafael empezó, una boleada costaba un peso. Hoy, casi medio siglo después, el precio depende del servicio:

  • Boleada normal (crema y grasa): 40 pesos.
  • Boleada completa (tinta, crema y grasa): 50 pesos.

Números modestos, pero que durante décadas le alcanzaron para algo que él valora más que cualquier otra cosa: sacar adelante a su familia. Con ese cajón y esas brochas, Rafael crio a cuatro hijos —tres mujeres y un varón— y mantuvo un hogar en la Colonia 8 de Marzo, en Veracruz.

Su hijo no siguió el oficio. De niño lo intentó, pero no le jaló. Hoy es tablajero. Sus hijas están casadas, salvo una que vive con él. Y Rafael, cuando habla de todo esto, lo hace sin aspavientos, con la calma de quien sabe que hizo lo que tenía que hacer.

"Uno contento y buena parte orgulloso, porque de hecho uno gana. Y yo ni modo".

Rafael Moreno Blanco

Un oficio que se defiende con un eslogan prestado

A Rafael le preocupa que la gente haya perdido el hábito de bolear sus zapatos. No lo dice por negocio solamente, aunque el negocio también importa. Lo dice porque, en su visión, tiene que ver con algo más profundo: la cultura de la buena presentación, el cuidado de lo que uno tiene.

Hay quienes llegan con el calzado completamente descuidado y esperan que una sola boleada los deje como nuevos. Él les explica que el secreto está en la constancia, en mantener el zapato, no en rescatarlo cuando ya no tiene remedio.

Y para los que evitan bolearse porque creen que así los zapatos duran más, tiene una respuesta clara: ese razonamiento está al revés. Un zapato bien mantenido dura más, no menos. Incluso va más lejos y propone algo práctico para las familias con pocos recursos: llevar los zapatos usados a que los arreglen, en lugar de comprar nuevos cuando todavía hay vida útil en los viejos.

"La cultura y la belleza y la limpieza comienza por los zapatos".

Eslogan que circula entre el gremio de peteros en Veracruz

Un llamado desde el Parque Zamora

Rafael sabe que el oficio está en una situación difícil. La clientela está bajísima, como él mismo admite, y la tendencia no parece revertirse fácilmente. Aun así, no habla de rendirse ni de buscar otra cosa. Habla de que la gente los visite, que se acerque al Parque Zamora o al Zócalo de Veracruz, donde también hay peteros trabajando.

Su mensaje es simple y directo: no se trata de un lujo ni de un gasto innecesario. Se trata de presencia, de cuidado personal, de mantener viva una tradición que forma parte de la identidad de ciudades como Veracruz.

Cuarenta y seis años de oficio, un cajón que empezó siendo pequeño y una familia entera sacada adelante con trabajo honesto. Esa es, en esencia, la historia de Rafael Moreno Blanco, el petero del Parque Zamora que todavía espera, brocha en mano, que alguien más se anime a cuidar sus zapatos.

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