Tiene un gran corazón: esta abuelita vende chicles para apoyar a otras personas en Veracruz

Imagen Tiene un gran corazón: esta abuelita vende chicles para apoyar a otras personas en Veracruz

Por: Joel Cruz
Audio:
Hay historias que se encuentran caminando. Literalmente. En las calles del centro de Veracruz, entre el ajetreo diario de transeúntes y comercios, una mujer mayor avanza tranquila con una canasta colgada del brazo. Se llama Olaya Vázquez y lo que carga no es solo mercancía: son chicles, dulces y muñecas bordadas a mano que ella misma teje en su casa, con una paciencia y un cariño que se notan desde lejos.
 
Olaya no sale a la calle porque no tenga familia ni apoyo. Sale porque quiere. Porque el movimiento le hace bien y quedarse encerrada no va con su forma de ser. A su edad sigue activa, sigue trabajando y, lo que es quizás lo más sorprendente, sigue pensando en los demás antes que en ella misma.
 
 
Una canasta llena de oficio
 
Olaya tiene domicilio en el Fraccionamiento La Herradura, en la zona norte de la ciudad. Vive sola, aunque su familia la tiene muy presente: sus nietos la visitan con frecuencia, a veces se la llevan a dormir a sus casas y ella, fiel a su carácter, les enseña el oficio de coser y bordar en esos encuentros.
 
Es modista de profesión, aunque hoy solo acepta trabajos especiales para conocidos.
Lo que más llama la atención de Olaya no es solo su energía, sino la razón por la que trabaja. No lo hace únicamente para cubrir sus propias necesidades. Lo hace, en buena medida, para poder ayudar a otras personas.
 
"Es que me gusta ayudar a los que menos tienen, claro, si puedo ayudo, pero a mí me gusta salir porque me hace muy bien el ejercicio".
 
Así de sencillo lo dice. Sin dramatismo ni discurso preparado. Como quien habla de algo que le parece lo más natural del mundo.
 
Del cubrebocas pandémico al negocio de los chicles
 
Como a tantos, la pandemia de COVID-19 le cambió la rutina. Pero Olaya encontró en ese momento difícil una oportunidad para hacer algo útil: se puso a elaborar cubrebocas de tela y los vendía en su comunidad. 

 
Fue ahí, entre agujas e hilo, donde nació la idea de ampliar su pequeño negocio y ofrecer otros productos. Hoy su canasta incluye chicles, dulces variados y las muñecas bordadas que confecciona en casa durante las tardes.
 
El camino no siempre ha sido fácil, pero Olaya reconoce que ha tenido suerte con la gente. A lo largo de sus recorridos por el centro de Veracruz se ha topado con personas amables que no solo le compran, sino que la alientan a seguir. Esos encuentros, dice, le dan fuerza.
 
La fe como brújula y la generosidad como hábito
 
Olaya es creyente y no lo esconde. Su fe en Dios, cuenta, la ha llevado a aconsejar a otras personas que se encuentran en situaciones difíciles. Su mensaje es directo y viene desde la experiencia propia: trabajando siempre se pueden tener mejores condiciones de vida. Nada de esperar sentado.
 
Pero más allá de las palabras, lo que distingue a Olaya es que practica lo que dice. Cuando ve a una mamá con sus hijos en la calle y nota que algo les hace falta, actúa.
 
"Yo veo que otras mamás que andan con sus niños y les comparto, les doy a sus niños e inclusive si traigo una torta para mí y alguien necesita".
 
Lo que Olaya proyecta en cada conversación es algo que muchas personas buscan sin encontrar: una sensación real de plenitud. No habla de riquezas ni de grandes logros. Habla de sus nietos, de las tardes cosiendo, de las pláticas que tiene con ellos cuando la visitan. Habla de sentirse útil y querida.
 
"Mis nietos me van a buscar, ahorita una de mis nietas me fue a ver, hay veces me llevan a dormir a sus casas, regreso, les enseño el oficio, platico con ellos".
 
En una época donde la queja es fácil y el desánimo abunda, la historia de Olaya Vázquez resulta refrescante por su simpleza y su autenticidad. No hay en ella ni un gramo de victimismo. Tampoco de soberbia. Solo una mujer mayor que decidió, un día, seguir caminando con su canasta al brazo y con ganas de hacer el bien en el camino.
 
El centro de Veracruz está lleno de historias así, de personas que construyen su dignidad con las manos y que, de paso, le dan un poco de calor humano a quienes se cruzan en su camino. Olaya es una de ellas. Y vale la pena conocerla.
da clic