Una ola de 17.6 metros de altura, casi equivalente a un edificio de cuatro pisos, sorprendió a los investigadores frente a la costa de Columbia Británica, en Canadá, en noviembre de 2020. El fenómeno, registrado cerca de la localidad de Ucluelet, en la isla de Vancouver, fue identificado años después como una de las olas gigantes más extremas documentadas en relación con las que la rodeaban.
De acuerdo con una investigación publicada en la revista científica Scientific Reports en 2022, la ola alcanzó una altura casi tres veces superior a la de las olas cercanas, una proporción que la convirtió en un caso excepcional. Los investigadores estimaron que un evento de estas características podría ocurrir aproximadamente una vez cada mil 300 años.
El fenómeno fue detectado por una boya de monitoreo instalada por MarineLabs, una empresa dedicada a recopilar información sobre las condiciones del océano para mejorar la comprensión de los riesgos marítimos.
La medición resultó fundamental para documentar el suceso, ya que sin los datos registrados por la boya habría sido más difícil identificar la magnitud de la ola.
Los científicos definen una ola gigante o anómala como aquella que supera más del doble de la altura significativa de las olas que la rodean.
Uno de los primeros casos que permitió confirmar científicamente la existencia de estos fenómenos ocurrió el 1 de enero de 1995, cuando una ola de aproximadamente 25.6 metros impactó la plataforma petrolera Draupner, en el mar del Norte, frente a las costas de Noruega.
El registro, conocido como la ola de Draupner, desafió los modelos científicos utilizados hasta entonces para explicar el comportamiento del oleaje.
Aunque la ola de Ucluelet no fue tan alta como la de Draupner, destacó por su tamaño en comparación con las olas circundantes.
“Proporcionalmente, la onda de Ucluelet es probablemente la onda anómala más extrema jamás registrada”, explicó en 2022 Johannes Gemmrich, físico de la Universidad de Victoria y uno de los investigadores que estudiaron el fenómeno.
El especialista añadió que hasta entonces se habían observado directamente pocas olas gigantes en mares agitados y ninguna de una magnitud proporcional semejante.
Las olas gigantes representan un riesgo para embarcaciones, plataformas petroleras, parques eólicos marinos y comunidades costeras. Su aparición repentina y la fuerza del agua pueden ocasionar daños graves e incluso poner en peligro vidas humanas.
Por ello, los investigadores buscan comprender mejor cómo se forman y desarrollar métodos que permitan anticipar su llegada mediante mediciones oceánicas y modelos de pronóstico.
En febrero de 2026, un equipo encabezado por investigadores de la Universidad del Sur de Florida publicó un análisis en la revista Ocean Science, en el que comparó registros de boyas con modelos globales utilizados para pronosticar las condiciones del mar.
Según los resultados descritos en la investigación, los modelos tienden a subestimar la magnitud de las olas y no representan adecuadamente algunos episodios extremos detectados mediante mediciones directas.
El análisis también identificó patrones temporales y geográficos: las olas gigantes estudiadas se concentraron principalmente durante el invierno y fueron frecuentes en el Pacífico nororiental y el Atlántico Norte.
Además, los investigadores observaron que en aproximadamente tres cuartas partes de los casos analizados se produjo una caída pronunciada en la correlación entre las olas, seguida de un repunte poco antes del episodio extremo. Este comportamiento podría contribuir al desarrollo de futuras herramientas de alerta temprana, aunque todavía requiere investigación.
La evolución del oleaje también preocupa a los científicos debido a los posibles efectos del cambio climático. Un estudio publicado en 2020 proyectó un aumento en la altura de las olas en el Pacífico Norte, lo que podría modificar los riesgos para las actividades marítimas y las zonas costeras.
Sin embargo, la formación de una ola gigante depende de diversos factores y todavía no es posible predecir con precisión cuándo y dónde ocurrirá cada evento.
El caso de Ucluelet demuestra la importancia de mantener sistemas de observación en el océano. Los registros obtenidos por boyas permiten identificar fenómenos que podrían pasar inadvertidos y aportan información para mejorar los modelos científicos y la seguridad en el mar.
Con información de Science Alert