¿Recuerdas haber tenido un amigo imaginario durante la infancia? Una investigación científica encontró una posible relación entre esta experiencia y la sensación que algunas personas experimentan en la edad adulta de que hay alguien cerca, incluso cuando están solas y no existe evidencia sensorial clara de otra presencia.
El estudio, publicado en la revista Consciousness and Cognition, analizó los recuerdos de infancia de 185 adultos reclutados a través de la Universidad de Economía de Esmirna, en Turquía, para explorar si haber tenido compañeros imaginarios se relaciona con la percepción de una presencia cercana durante la vida adulta.
De los participantes, 45 recordaron haber tenido un amigo imaginario. Los investigadores compararon sus respuestas con las de quienes no reportaron esa experiencia y encontraron diferencias en la frecuencia con la que ambos grupos habían sentido la presencia de alguien sin identificar una fuente sensorial clara.
Los participantes respondieron un cuestionario sobre la frecuencia con la que habían experimentado esa sensación durante el mes anterior al estudio.
Quienes recordaban haber tenido amigos imaginarios obtuvieron una puntuación promedio de 25.51 puntos, mientras que el resto registró 20.07 puntos, en una escala de 15 a 75. Las puntuaciones más altas indicaban una mayor frecuencia de estas experiencias.
Los resultados sugieren que los adultos que recuerdan haber tenido amigos imaginarios durante la infancia reportaron con mayor frecuencia la sensación de que alguien estaba cerca, aunque los investigadores no pudieron determinar si existe una relación causal entre ambos fenómenos.
El equipo también examinó dónde recordaban los participantes que se encontraban sus compañeros imaginarios. De 114 estimaciones de distancia, 76 los ubicaban a menos de 70 centímetros del cuerpo, principalmente delante o a un lado.
Esta proximidad llamó la atención de los científicos porque coincide con una región conocida como espacio peripersonal, que comprende el área inmediata alrededor del cuerpo y que el cerebro utiliza para coordinar movimientos e interacciones con el entorno.
Los investigadores plantean que los compañeros imaginarios podrían estar relacionados con la manera en que el cerebro representa el cuerpo y el espacio que lo rodea.
Esta hipótesis también se ha explorado en experimentos anteriores con robots, en los que algunos participantes llegaron a sentir que había alguien detrás de ellos cuando se introdujeron retrasos entre sus movimientos y los estímulos táctiles que recibían en la espalda.
Una explicación propuesta es que las discrepancias entre las señales sensoriales pueden hacer que el cerebro interprete de manera diferente el origen de una sensación corporal.
Sin embargo, los autores señalan que todavía no se ha demostrado que este mecanismo explique tanto la presencia de amigos imaginarios durante la infancia como la sensación de compañía en la edad adulta.
También encontraron una diferencia en la ubicación percibida: mientras los amigos imaginarios suelen recordarse delante o a un lado del cuerpo, investigaciones anteriores sobre la sensación de presencia en adultos la han situado con frecuencia detrás o junto a la persona.
Una de las posibles explicaciones es que los compañeros imaginarios se sitúen en posiciones apropiadas para conversar y jugar, mientras que la sensación de una presencia detrás del cuerpo podría relacionarse con estímulos cuya procedencia no se identifica de inmediato. No obstante, estas interpretaciones son hipótesis que requieren nuevas investigaciones.
No necesariamente. Los resultados no demuestran que tener amigos imaginarios durante la infancia provoque experiencias similares en la edad adulta.
El estudio se basó en recuerdos de los participantes y no en un seguimiento de los mismos individuos desde la niñez. Además, la investigación se realizó con personas reclutadas a través de una sola universidad, la mayoría mujeres, y los propios autores reconocieron posibles limitaciones en la metodología.
Por ello, los científicos consideran necesario realizar nuevos estudios que sigan a los niños a lo largo del tiempo para determinar si estas experiencias infantiles guardan una relación persistente con la percepción del espacio y las sensaciones corporales durante la vida adulta.
Los hallazgos no constituyen evidencia de la existencia de fantasmas ni de presencias sobrenaturales. En cambio, abren una línea de investigación sobre cómo el cerebro construye nuestra percepción del cuerpo, del entorno y de la compañía de otras personas, incluso cuando no hay alguien físicamente presente.
Con información de la revista Science alert