Más de 300 personas aguardan el inicio de la oración que da paso al penúltimo ensayo general de la Pasión de Cristo en Iztapalapa, la alcaldía más poblada del oriente de la Ciudad de México.
Este año, además, la representación se realiza bajo el reconocimiento de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad otorgado por la Unesco, a una tradición que se acerca a los dos siglos de historia.
Aunque durante toda la Semana Santa se realizan escenificaciones, el momento culminante llega este Viernes Santo.
La procesión, que puede extenderse entre cuatro y seis horas, inicia en la Macroplaza del Barrio San Lucas, atraviesa los ocho barrios de Iztapalapa y concluye en el Cerro de la Estrella con la crucifixión. Desde temprano, los fieles acuden a la casa de ensayos para ver a quien encarna a Jesús, en espera del inicio del recorrido. Ese día, las calles se llenan a tal punto que resulta casi imposible transitar: miles de personas siguen cada paso, entre lágrimas, gritos y muestras de fervor.
El origen de esta tradición se remonta, según la historia local, a un hecho considerado milagroso. En el siglo XVII, una imagen de Cristo que era trasladada hacia la Ciudad de México no pudo ser movida tras pasar la noche en una cueva del Cerro de la Estrella. Los habitantes interpretaron que la figura deseaba permanecer allí y levantaron una ermita en su honor. Años después, durante una epidemia de cólera, los pobladores acudieron a esta imagen en busca de ayuda; poco tiempo después, la enfermedad cesó. Desde entonces, surgieron las procesiones y representaciones como muestra de fe y agradecimiento.
Hoy, con el reconocimiento internacional, la exigencia en cada ensayo es mayor. En la llamada Casa de los Ensayos —un espacio habilitado desde la década de 1940— actores y visitantes se congregan para recrear pasajes bíblicos. Escenas como la tentación de Cristo se desarrollan ante un público atento, que reacciona con emoción, silencio o incluso lágrimas.
El lugar también refleja el sentido de comunidad que envuelve la tradición. Entre pasillos y habitaciones, participantes conviven como una familia.
Detrás de cada papel hay historias de participación. Algunos han interpretado distintos personajes; otros colaboran en áreas técnicas o de organización. También hay nuevas generaciones que se integran, especialmente en la producción digital y difusión en redes sociales, con la intención de llevar la tradición más allá de las fronteras.
Para encarnar a Jesús, los requisitos son estrictos: ser originario de alguno de los ocho barrios, tener formación católica, buena condición física y moral, además de experiencia previa en la representación. No se trata solo de actuar, sino de asumir un compromiso físico, emocional y espiritual.
A la par, la tradición evoluciona. Este año, por primera vez, una mujer será una de las voces encargadas de narrar la transmisión en vivo, reflejando los cambios dentro de una celebración que, aunque profundamente histórica, sigue adaptándose a su tiempo.
Con orgullo, quienes participan coinciden en un mismo objetivo: preservar esta manifestación cultural, mantenerla vigente y compartirla con el mundo. Ahora, con el reconocimiento de la Unesco, la Pasión de Cristo en Iztapalapa no solo reafirma su importancia en México, sino que se consolida como un referente global de fe, identidad y tradición.
Fuente: El país