En el marco de las pláticas de Salud Mental de la Cruz Roja Veracruz, la nutrióloga Marlen Alanis Sen Bravo, destacó la importancia de reconocer la relación entre los hábitos alimenticios, las emociones y la salud mental.
La alimentación no solamente tiene efectos sobre el peso y la salud física. Los hábitos alimenticios también pueden influir en el estado de ánimo, el funcionamiento cognitivo y, a largo plazo, en la salud cerebral, explicó Marlen Alanís, nutrióloga egresada de la Universidad Veracruzana, Campus Xalapa.
Señaló que existe una relación entre el consumo frecuente de alimentos ultraprocesados y el bienestar emocional. Papitas, refrescos, frituras, bollería, galletas y otros productos con altos contenidos de azúcares y diversos aditivos suelen asociarse principalmente con cuestiones de peso, pero sus efectos pueden ir más allá.
“Muchas veces nos sentimos deprimidos, decaídos o tristes y pensamos automáticamente que necesitamos algún tipo de medicamento, cuando en realidad muchas veces puede venir de cómo me estoy alimentando y cuáles están siendo mis hábitos en la vida diaria”, explicó.
La especialista aclaró que la alimentación no es el único factor que determina el estado de ánimo, pues existen múltiples circunstancias personales, familiares y sociales que pueden influir en la salud mental. Sin embargo, una alimentación poco saludable puede contribuir a agravar una situación emocional que ya está presente.
Escuchar al cuerpo y observar los hábitos
Para identificar si existe una relación entre la alimentación y el estado de ánimo, recomendó comenzar por la autobservación. Revisar qué se está comiendo, con qué frecuencia y cómo se siente la persona durante esos periodos puede ayudar a identificar patrones.
“Es mucho de autobservación, es mucho de ser una persona un poquito consciente y autobservarme”, comentó.
De acuerdo con la nutrióloga, también es importante prestar atención a la frecuencia con la que se consumen alimentos ultraprocesados y a la necesidad constante de recurrir a ellos. El cansancio, el decaimiento o determinados hábitos alimentarios pueden tener diversas causas, por lo que no deben interpretarse de manera aislada.
Otro aspecto importante es aprender a leer las etiquetas de los productos. Marlen recomendó prestar atención a aquellos alimentos empaquetados cuya lista de ingredientes es extensa y contiene componentes que normalmente no se utilizarían al cocinar en casa.
El contexto también influye en lo que comemos
La especialista subrayó que las elecciones alimentarias no dependen únicamente de la voluntad de una persona. El trabajo, los horarios, la situación económica, las preocupaciones y otros aspectos de la vida cotidiana pueden determinar qué y cómo se come.
Por ello, antes de establecer restricciones o cambios drásticos, consideró importante realizar una evaluación integral que permita conocer las razones detrás de determinados hábitos.
Por ejemplo, una persona que carece de tiempo por las mañanas puede recurrir a productos procesados porque son una opción rápida y accesible. Ante esta situación, una estrategia podría ser preparar alimentos desde la noche anterior o buscar alternativas prácticas que permitan mejorar poco a poco la calidad de la alimentación.
“Principalmente sería una evaluación a nivel integral, donde yo pueda descubrir realmente qué me está llevando a consumir ese tipo de alimentos”, señaló.
Cuando comer se convierte en una respuesta emocional
La relación entre alimentación y emociones adquiere una dimensión diferente cuando existe una conducta alimentaria problemática. Añadió que algunas personas pueden desarrollar una relación con la comida vinculada con situaciones emocionales profundas, incluyendo trastornos de la conducta alimentaria como el trastorno por atracón.
Foto: ChatGPT