Hay edificios que no solo guardan paredes y techos, sino vidas enteras. El que alguna vez fue elCentro de Formación y Capacitación de la Armada de México (CEFCAM) en Veracruz es uno de ellos. Hoy funciona como el Museo Naval de Veracruz, pero para quienes lo habitaron durante décadas —profesores, instructores, alumnos— sigue siendo mucho más que un inmueble reconvertido: es el escenario de una parte fundamental de su vida.
Este año, la institución cumple 70 años de trayectoria, una efeméride que invita a mirar hacia adentro y recuperar las voces de quienes contribuyeron a forjar generaciones de marinos mexicanos. Sus testimonios revelan que la disciplina militar convive, sin contradicción, con la nostalgia, el orgullo y el afecto profundo por un lugar que los formó tanto como ellos formaron a otros.
De entre todas las historias que guarda este recinto, la de la teniente de navío Graciela Peralta Ramírez ocupa un lugar singular. Fue la primera mujer en ejercer como profesora en este centro de capacitación, y su llegada no estuvo exenta de dudas ajenas.
Originaria de Tampico, Tamaulipas, donde comenzó su carrera militar, Peralta Ramírez recibió su cambio a Veracruz y se incorporó a la plantilla docente, donde impartió materias como lectura y redacción, español e inglés. Cuando le ofrecieron el puesto, un almirante llegó a advertirle que era muy joven y que, por ser mujer, podría enfrentar resistencias. Ella no dudó en responder:
"Yo para eso estudié. Usted mándeme, y yo le voy a responder bien", cuenta la Teniente de navío Graciela Peralta Ramírez
Y así fue. Trabajó en la institución durante 24 años sin reportar conflictos de ningún tipo. Más adelante conoció las nuevas instalaciones del centro en Alvarado, y tras 29 años de servicio activo, solicitó su retiro voluntario por razones personales. Hoy, cuando regresa al antiguo recinto convertido en museo, las emociones la alcanzan de inmediato:
"Para mí fue un honor, una gloria, trabajar aquí. Siempre estuve muy contenta, siempre estuve muy feliz". T
"Entro aquí y siento una gran nostalgia. Me vienen recuerdos de cuando yo trabajaba aquí".
El teniente de fragata de Infantería de Marina retirado Francisco Silia González llegó al centro en 1990 con la misión de formar a nuevas generaciones. Como instructor, impartió clases de Infantería, armamento y otras materias propias del servicio naval. La experiencia lo marcó de maneras que todavía reconoce cuando habla de aquella etapa.
Para Silia González, lo más valioso que se llevó consigo no fue un grado ni un reconocimiento formal, sino algo más cotidiano y duradero:
"Me enseñó disciplina, orden", dice el Teniente de fragata Francisco Silia González
Años después del retiro, los reencuentros fortuitos con antiguos alumnos le devuelven, de golpe, la dimensión de lo que fue su trabajo. Hay jóvenes que hoy son oficiales y que, al cruzárselo en la calle, le recuerdan aquellos años con una mezcla de respeto y afecto:
"Me trae recuerdos de cuando yo les di. A veces me encuentro con ellos y me dicen: 'Oiga, jefe, ¿se acuerda?'. Claro que me acuerdo", cuenta el Teniente de fragata Francisco Silia González
La trayectoria del teniente de fragata Jorge Ronces Martínez es quizás la más itinerante de las tres. Llegó a la Armada de México en 1980, después de cumplir su servicio militar en la Ciudad de México. Egresó de la Escuela de Intendencia Naval en la generación 1984-1987, pero antes de convertirse en profesor ya había visto mundo desde la cubierta de distintas unidades de superficie.
Una de sus misiones más memorables fue participar en la comisión encargada de recibir embarcaciones que México adquirió a Estados Unidos. Entre esos barcos estaba el buque Quetzalcóatl, a bordo del cual realizó un recorrido que lo llevó desde puertos estadounidenses cruzando el Atlántico, continuando por el Pacífico, hasta arribar finalmente a Manzanillo. Una travesía que pocos pueden presumir.
En 1996 regresó al Centro de Formación como oficial de planta, esta vez desde el otro lado del escritorio. Permaneció ahí hasta 2004 desempeñándose como:
Para Ronces Martínez, volver a este espacio, ahora como visitante de un museo, significa reencontrarse con una porción significativa de su vida dentro de la institución.
El Museo Naval de Veracruz cumple hoy una doble función: conservar piezas y documentos históricos de la Armada de México y, al mismo tiempo, sostener la memoria viva de quienes dedicaron años —en muchos casos décadas— a este lugar. No es un museo frío ni estático para quienes lo conocieron por dentro.
A 70 años de la fundación del Centro de Formación y Capacitación de la Armada de México, los testimonios de Peralta Ramírez, Silia González y Ronces Martínez hablan de algo que va más allá de los grados militares o los expedientes de servicio: hablan del peso emocional de un lugar que los contuvo durante sus años más activos, y que ahora los recibe de regreso, transformado pero reconocible.
Actualmente el Centro de Formación se encuentra en la localidad de Antón Lizardo, en el municipio de Alvarado, Veracruz.
Detrás de cada aula, cada ejercicio y cada generación de egresados, hubo personas que pusieron su vida en esto. Y el museo, en cierta forma, también les pertenece a ellas.