Hay momentos en la vida que duran apenas unos minutos, pero que terminan definiendo toda una trayectoria.
Para Delfino Cruz Santos, capitán de altura de la Marina Mercante Nacional, ese momento llegó el 15 de junio de 1985, cuando un estruendo sacudió la Terminal Marítima de Pajaritos, en Coatzacoalcos.
Aquel día estaba a bordo del buque tanque gasero Ahkatun, una embarcación con capacidad para transportar 32 mil toneladas de gas licuado de petróleo.
A mediodía, una falla durante las operaciones de carga provocó un incendio que rápidamente envolvió la zona y alcanzó al barco.
“Como a las 12:10 de esa fecha se escuchó un estruendo y toda la laguna de Pajaritos estaba incendiandose debido a una rotura de un tramo de manguera de la cual no se suspendió el bombeo de tierra hacia el barco y provocó un incendio a la hora de cruzar una lancha de la terminal marítima hacua la isla de Allende”.
Las llamas alcanzaban cuatro a cinco metros de altura, el peligro era inminente.
A bordo viajaban 37 tripulantes, pero el miedo hizo que muchos tomaran una decisión desesperada: lanzarse al mar para intentar salvar sus vidas.
Pero Delfino no fue uno de ellos; junto con otros 12 hombres decidió quedarse, indicó con serenidad más de cuatro décadas después.
“El capitán no puede abandar su barco, entonces, yo lo podía hacer en un momento dado siempre y cuando que me ganara el pánico, pero esa es una parte que hay que dominar a bordo de las embarcaciones, que no te gane el pánico”.
La situación era crítica, el Akatum transportaba alrededor de 24 mil toneladas de gas.
Una explosión habría tenido consecuencias devastadoras, pues el radio de impacto alcanzaría 17 kilómetros a la redonda y pondría en riesgo instalaciones petroquímicas, tanques de almacenamiento y miles de personas.
“Tenía 24 mil toneladas abordo… Una explosión como esa, el buque con 32 mil toneladas de su capacidad total, al explotar tiene un radio de acción de 17 kilómetros a la redonda, en las cercanías ahí la terminal habían de 30, 40 tanques de almacenamiento, que son de varios productos, ahora sí que derivados de petróleo, ya sea gas amoniaco, diesel, en sí”.
Muy cerca también se encuentra el Complejo Petroquímico Cangrejera y la planta de amoniaco en Cosoleacaque.
Sin apoyo de pilotos, remolcadores ni personal de tierra, los hombres que permanecieron a bordo tuvieron que actuar por cuenta propia.
Con las llamas avanzando sobre la cubierta y el tiempo en contra, tomaron una decisión extrema: romper los cabos de amarre utilizando la potencia del propio buque; los motores, con una fuerza de 20 mil caballos, hicieron el resto.
La embarcación comenzó a moverse mientras el incendio seguía consumiendo parte de su estructura.
Gracias a su experiencia y conocimiento de las corrientes, los vientos y el canal de navegación de Coatzacoalcos, el capitán Delfino Santos ayudó a conducir el buque fuera de la zona de peligro.
“Y entonces, como pudimos, rompimos los cabos con la potencia de la máquina del barco, sí tuvieron que reventarlo, entonces el barco, pues de una potencia en su motor de 20 mil caballos de fuerza, y toda la máquina atrás hicimos la maniobra para poder conducirnos al canal de navegación con la ayuda de unos remolcadores que llegaron allí que conocían exactamente el riesgo del peligro de andar a bordo de un barco gasero”.
Minutos después, a la altura de la escollera, el fuego finalmente fue sofocado.
La tragedia que pudo convertirse en una de las peores catástrofes industriales de la región fue evitada, pero para Delfino, aquello no fue un acto de heroísmo, sino de responsabilidad.
“Lo fuimos a fondear y ahí quedamos hasta el día siguiente para la entrada, o sea que tenemos que estar ahí a bordo, el capitán, el jefe de máquina, unos oficiales, el primer oficial de máquina, y otros oficiales de cubierta, en conjunto radiotelegrafistas, pero en conjunto fuimos trece nadas más lo que nos quedamos.”.
Durante más de tres décadas navegó en embarcaciones petroleras y gaseras que recorrieron puertos de México, Estados Unidos y Europa.
Más tarde se incorporó a las Capitanías de Puerto, donde continuó sirviendo al sector marítimo hasta convertirse en capitán de puerto en Coatzacoalcos y posteriormente ocupar responsabilidades en Veracruz.
En 2012, durante los festejos por los 100 años de Coatzacoalcos, recibió un homenaje por aquella maniobra que evitó una tragedia de grandes dimensiones.
Hoy, ya retirado, preside el Colegio de Marinos Mercantes de Veracruz.
A sus años, habla con la misma serenidad con la que enfrentó el fuego aquella tarde del 15 de junio de 1985, porque mientras otros huyeron, él decidió quedarse.
Y gracias a esa decisión, un barco cargado de gas, una ciudad entera y miles de vidas pudieron seguir su curso.
La historia del capitán de altura, Delfino Cruz Santos es la de un hombre que entendió que el valor no es la ausencia del miedo, sino la capacidad de actuar cuando todos los demás abandonan el barco.