El niño Héctor Alonso Zúñiga, de 10 años de edad, cursa el sexto año de primaria, es monaguillo de en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús, en Ignacio de la Llave y cinta negra en la disciplina de taekwondo.
Héctor Alonso Zúñiga, originario de La Mixtequilla, municipio conocido como Ignacio de la Llave, se alista para competir en la Gimnasiada Nacional representando a Veracruz en la categoría Sub-12 de taekwondo, modalidad poomsae.
El evento, organizado por la Federación Mexicana del Deporte Escolar, se llevará a cabo este año en Pachuca, Hidalgo, y Héctor llega a este escenario con algo que no tenía la primera vez: experiencia en el nacional y una preparación más exigente que en ninguna otra etapa de su corta pero intensa carrera deportiva.
No es la primera vez que este pequeño compite a nivel nacional. El año pasado, en su debut en la Gimnasiada, Héctor se midió contra alrededor de diez competidores de su categoría y se llevó el tercer lugar del país. Un logro impresionante para cualquier deportista, pero especialmente notable cuando se tiene menos de diez años y se viene de una comunidad rural en Veracruz.
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Ese resultado no lo dejó satisfecho: lo motivó. Y esa motivación se ha traducido en jornadas de entrenamiento que muchos adultos envidiarían. Actualmente, Héctor entrena cuatro horas al día, combinando sus sesiones deportivas con sus estudios de sexto año de primaria y otras actividades propias de su edad.
Su mamá, Ana María Zúñiga Gaspar, describe con orgullo pero también con realismo lo que hay detrás de todo esto:
"Realmente pues ha entrenado mucho, está muy contento, está muy preparado, confiando en su entrenamiento y pues estamos esperando por supuesto un buen lugar".
Héctor comenzó a practicar taekwondo desde los cuatro años de edad. Hoy, con una década de vida, ya porta la cinta negra segundo poomsae, un nivel de avance que habla del tiempo, esfuerzo y constancia que ha invertido en este deporte desde prácticamente que aprendió a correr.
El poomsae, para quienes no están familiarizados con el término, es una de las dos grandes disciplinas del taekwondo competitivo. A diferencia del combate, en el poomsae los atletas ejecutan una serie de movimientos técnicos predefinidos que son evaluados por jueces en aspectos como precisión, potencia, velocidad y expresión. Es, en pocas palabras, la parte más artística y técnica del deporte.
Que un niño de 10 años haya alcanzado el nivel de cinta negra en esta modalidad no es común. Que además aspire a un podio nacional por segunda vez consecutiva, todavía menos.
Detrás de cada competidor hay una historia de madrugadas, sacrificios y decisiones difíciles. En el caso de Héctor, su familia entera ha ajustado su dinámica cotidiana para hacer posible su desarrollo deportivo. Organizar los tiempos entre entrenamientos, tareas escolares y descanso no siempre es tarea sencilla, especialmente cuando el menor termina las sesiones con el cuerpo agotado.
Ana María no lo oculta:
"Sí hay mucho esfuerzo atrás de todo esto, sí hay mucho sacrificio, hay mucho cansancio también, pero más allá de todo pues está en que él lo disfruta".
Y esa última parte es, quizás, la más importante. Porque en el deporte infantil, la línea entre la pasión y la presión puede ser muy delgada. Por eso, la madre del pequeño taekwondoín tiene una práctica que dice mucho de cómo acompaña el proceso de su hijo:
"Siempre le pregunto si es algo que él quiere y pues él dice que sí, entonces lo hace contento".
Ana María no mide el éxito de su hijo únicamente en preseas o posiciones en el podio. Para ella, uno de los mayores beneficios que el taekwondo le ha dado a Héctor es la formación de valores que trascienden el tatami:
"El taekwondo le ha dado muchos valores también que ha aplicado no solamente en esa área, sino en todas las áreas de su vida".
Disciplina, constancia, perseverancia y la capacidad de relacionarse con otros son algunas de las herramientas que, según su madre, Héctor ha desarrollado a través del deporte. También, algo que no se aprende en ningún salón de clases: entender que la principal competencia es con uno mismo.
Con la Gimnasiada Nacional en el horizonte, Héctor Alonso Zúñiga representa no solo a su familia, sino a toda una comunidad que apuesta por el talento de sus niños. Ignacio de la Llave y La Mixtequilla tendrán nombre propio en Pachuca, Hidalgo, cuando este pequeño de cinta negra salga al tatami a demostrar que el esfuerzo de cuatro horas diarias tiene recompensa.
Su familia sabe bien que el resultado importa, pero no es lo único que está en juego. El principal objetivo es que Héctor viva la experiencia con alegría, que valore lo que hay detrás de cada entrenamiento y que regrese a casa sabiendo que dio todo. Si el podio llega, bienvenido. Si no, la historia de este niño de 10 años ya vale más que cualquier medalla.