A punto de llegar a su fin, indignante 'tradición' con el mejor amigo del hombre

Imagen A punto de llegar a su fin, indignante 'tradición' con el mejor amigo del hombre

Por: Daniella Ovalle

Durante décadas, los días más calurosos del verano surcoreano llegaban acompañados de un ritual culinario que pocas veces se discutía en voz alta fuera del país: los restaurantes especializados en carne de perro alcanzaban su mayor actividad justo en esa temporada. Hoy, ese escenario está llegando a su fin gracias al cambio de mentalidad de millones de jóvenes en Corea del Sur.

El país  aprobó a principios de 2024 una ley que prohíbe el consumo, la venta y la cría de perros para uso alimentario, marcando el cierre formal de una industria que durante años fue parte de la cultura gastronómica de las generaciones más longevas del país.

Pero el fin oficial de esta práctica no ha venido solo. Detrás de la celebración de activistas y amantes de los animales, hay una pregunta que nadie ha respondido del todo: ¿Qué va a pasar con los miles de perros que hoy viven en granjas destinadas a la producción cárnica?

Una tradición que cedió ante el cambio generacional

Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo en Corea del Sur, hay que mirar el cambio cultural que lo hizo posible. Durante generaciones, la carne de perro fue considerada un tónico natural para combatir el letargo del verano, especialmente entre los hombres de mayor edad. No era un consumo masivo ni cotidiano, pero sí tenía un lugar reconocido dentro de la tradición culinaria coreana.

Lo que cambió no fue una política pública ni una campaña gubernamental, sino la forma en que los jóvenes surcoreanos comenzaron a ver a los perros. Para las generaciones más recientes, estos animales no son ganado: son compañía, son familia. El auge de la cultura de las mascotas en Seúl y otras ciudades del país transformó la percepción social sobre el consumo canino de manera tan profunda que, cuando llegó el debate legislativo, la oposición pública era ya mayoritaria.

La ley aprobada en 2024 establece un periodo de gracia que se extiende hasta febrero de 2027. A partir de esa fecha, quienes críen, vendan, sacrifiquen o consuman carne de perro podrán enfrentarse a penas de hasta tres años de prisión. El mensaje es claro: Corea del Sur cierra una puerta que llevaba décadas entreabierta.

El problema que nadie quiere ver: el destino de los animales

Aquí es donde la historia se complica, y mucho. La prohibición fue recibida como una victoria por organizaciones de protección animal de todo el mundo, pero la implementación de la ley está revelando una realidad que pocos anticiparon con suficiente claridad: hay una cantidad considerable de perros criados en condiciones de granja industrial cuyo futuro no está definido.

Organizaciones animalistas ya habían advertido sobre este escenario incluso antes de que la ley fuera aprobada. Su preocupación no era la prohibición en sí, sino lo que vendría después. El problema no es prohibir; el problema es qué pasará con los animales que ya existen dentro del sistema y que no pueden simplemente desaparecer de un decreto para otro.

Entre las propuestas que comenzaron a surgir ante la previsible saturación de animales provenientes del sector cárnico, algunas fueron directamente cuestionadas por su enfoque. Una de las más polémicas planteaba destinar los cadáveres de los perros a otros usos, lo que generó rechazo inmediato entre activistas y ciudadanos.

El panorama que describen es que no hay cifras oficiales claras sobre cuántos perros están actualmente en granjas activas, no existe un plan de rescate o reconversión articulado por las autoridades y el periodo de transición corre sin que haya una hoja de ruta visible para los animales involucrados.

El mundo observa

Corea del Sur se convierte así en el primer país con una tradición de consumo canino a esta escala en dar el paso legislativo de prohibirlo formalmente. Es un hecho histórico, pero también es un experimento en tiempo real sobre cómo se desmantela una industria con seres vivos en el centro.

Para las organizaciones de bienestar animal, el riesgo más inmediato no es que la prohibición falle, sino que el silencio administrativo permita que los animales desaparezcan del mapa sin que nadie rinda cuentas sobre su destino. En eso, dicen, está el verdadero rastro perdido.

 

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