Entre los autos y el riesgo diario: así se gana la vida Carlos malabarista en Boca del Río

Imagen Entre los autos y el riesgo diario: así se gana la vida Carlos malabarista en Boca del Río

Por: Inés Tabal
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El semáforo del bulevar Adolfo Ruiz Cortines con avenida Juan Pablo II de Boca del Río es el escenario que Carlos Alberto Trujillo Lara, utiliza para ganarse su sueldo de cada día.

Cuando el semáforo se pone en rojo tiene menos de un minuto para hacer su show con el que gana su sustento del día, el único con el que cuenta, asegura el artistas urbano.

Detrás de cada acto de equilibrio, cada malabar y cada sonrisa, hay una historia de disciplina, perseverancia y amor por el arte.

Carlos Alberto Trujillo Lara tiene 35 años y desde hace casi dos décadas convirtió las calles del puerto en su escenario.

Su historia comenzó cuando era un adolescente. No estudió en una academia ni tuvo maestros profesionales. Aprendió observando.

"Cuando empecé a ver a otros compañeros haciendo malabares, simplemente me gustó. Lo observaba, se me quedó la inspiración y de ahí nació el querer hacerlo", recuerda.

Lo que inició como curiosidad terminó convirtiéndose en su forma de vida.

Actualmente, Carlos domina diversas disciplinas circenses, aunque no tuvo una formación académica. En los semáforos puede verse equilibrando un balón sobre una sombrilla sostenida con la cabeza, montando un monociclo, realizando malabares con clavas, caminando sobre zancos o ejecutando espectáculos con fuego.

Aunque su show dura apenas unos segundos, cada presentación requiere horas de práctica, concentración y resistencia física.

"Sí es difícil trabajar en la calle. Aquí en Veracruz el calor es muy fuerte, el pavimento se calienta demasiado y la gente también viene cansada o desesperada dentro de sus coches. Lo que uno intenta transmitir es calma y asombro", explica.

A diferencia de otros artistas circenses, Carlos nunca formó parte de un circo tradicional. Su trayectoria se ha desarrollado principalmente en las calles, aunque también ha participado en eventos culturales, carnavales, bodas, fiestas de quince años y desfiles.

El artista urbano recuerda con orgullo su participación en un desfile del Carnaval de Veracruz, donde realizó actos sobre zancos, esos largos soportes que permiten a los artistas caminar varios metros por encima del suelo.

Para él, el arte circense va mucho más allá del entretenimiento, ya que forma parte de su vida y su sustento laboral.

"Lo considero una disciplina para mi vida. La gente tiene sus trabajos y los respeto mucho, pero esto también es un trabajo. Lo hago todos los días", afirma.

Aunque su trabajo no es común, su jornada laboral es como la de cualquier otro oficio, ya que suele extenderse entre cuatro y seis horas diarias.

También recorre distintos cruceros de la ciudad porque busca que su espectáculo llegue a todos los rincones del puerto.

"Trabajo en todo Veracruz. Intento moverme para que la gente me vea en diferentes lugares y también para que me vaya conociendo."

Las personas podrían pensar que actuar entre automóviles representa un gran peligro, pero Carlos asegura que la experiencia le enseñó a desarrollar una percepción especial del entorno.

"Llega un punto en que te das cuenta de cómo viene la gente, quién está acelerado, quién está tranquilo. Claro que hay riesgos, pero para quienes trabajamos aquí se vuelve parte de la disciplina."

Detrás de cada rutina también existe una inversión que pocas personas imaginan. Los materiales para los espectáculos suelen ser costosos y la formación profesional en algunas escuelas especializadas puede superar los cinco mil pesos mensuales, algo que muchas personas que quieren dedicarse a esto no pueden pagar, por lo que su única opción es el arte urbano.

Este es el caso de Carlos, quien a pesar de las dificultades económicas nunca ha dejado de perfeccionar sus habilidades de manera autodidacta.

Su ingreso depende completamente de lo que las personas decidan aportar al final de cada presentación.

"Yo saco lo que la gente me quiere dar, lo que Dios dispone", dice con sencillez.

Mientras la luz del semáforo cambia de rojo a verde, Carlos recoge sus malabares y se prepara para el siguiente acto. Para muchos es apenas un instante de entretenimiento. Para él, es el resultado de veinte años de esfuerzo, pasión y disciplina en las calles que considera su hogar.

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