Opinión

Alegría

Por Alejandro Mier


El Súper niño, dentro de su extraño mundo en el que imaginaba que todos lo escuchábamos mientras que otro universo totalmente diferente orbitaba frente a sus ojos, dictaba su clase..., y fue cuando entraste al salón. Tu rostro se grabó en mí porque al abrir la puerta, levantaste dos veces las cejas, parpadeaste otro par de veces y, entonces ya preparado para el diálogo, pediste permiso para entrar. Como al Súper niño nadie lo pelaba, no contestó, así que entraste ubicándote detrás de la fila en la que yo estaba con todas las chicuelas que solían seguirme.

Minutos después, comenzaste a reír y me caíste bien porque lo hacías con la boca, con los ojos, con todas las arrugas de tu grácil rostro y la panza se te movía al mismo ritmo. Te dio por molestar a Liz y mientras ella recriminaba alborotando su güera melena “yo no me llevo así contigo”, dije ¡vaya!, alguien me ayudará en mi loable labor, ya que también molestar, era mi mayor afición. Al salir de clases lo primero que hicimos fue presentarnos y ahí estabas otra vez, lleno de vida, con el rostro sonriente a todo lo que da, alzando las cejas y cerrando los ojos en lapsos pares. “Hola” me dijiste cagado de la risa. Eras la imagen viva de la alegría. Y yo me pregunté, ¿quién se presenta cagado de la risa? Pues sólo alguien que esté lleno de buena vibra y quiera pasarla bien. Así es que sí, efectivamente, a partir de ese momento nos volvimos inseparables.

Esa misma semana, en el primer descanso, salimos cautelosos al pasillo central pues éramos primerizos y a pesar de que queríamos ir a la cafetería, no nos movíamos un ápice de la entrada del salón. Allá en el fondo, había una gran multitud de escolapios de semestres más aventajados, que dominaban la parcela. En cierto momento, de entre la muchedumbre, se escuchó una voz autoritaria y cual océano ante Moisés, la multitud se abrió y ahí estaba... con un andar estilo fósil de prepa 5, se acercó a nosotros agarrándose los tompiates (ah, no es cierto, ése eras tú). Bueno, temeraria, se acercó a nosotros; Marilú aprovechó para colgárseme del cuello; Liz y Erika, se refugiaron detrás de nosotros. Y nos dijo:

–Qué, ¿ustedes no van a ir al Bulldog?

– “¡En la madre! ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? ¡Piensa rápido! Capaz que una respuesta errónea y de aquí salimos madreados y rapados...” –susurramos.

Las voces de los compañeros que huían del lugar pregonaban: ¡Vámonos, es la mismísima Araceli! ¡Sí, dicen que sus dominios cruzan ya las fronteras del CECC! ¡Es cierto, sé que la apodan Jarraceli porque su capacidad alcoholímetra no conoce límites! Algunos osados presenciaron cómo en un concurso de kermés bebía caguamas como si fueran simples caballitos de tequila; y que Micky, su oponente, al sentirse impotente ante el calibre de la adversaria, decidió guacarearle el rostro intentando extirparla de la contienda. Pero claro que no, Jarrus estaba hecha de buena madera (barrica pues), así que tan sólo

entreabrió los hilillos verdiblanquirojimoco que columpiaban por sus pestañas y al compás de la ovación del respetable, empinose de nuevo la caguama.

Ante la presencia de tal personaje, tú y yo nos volteamos a ver, levantamos las cejas, parpadeamos un par de veces y nuestras voces chillonas y nerviosas tronaron al unísono:

–Claro, jajaja, seguro, jajaja, es un hecho, jajaja.

–¡Lo sabía! –contestó, soltándose los tompiates (chingaos, se me olvida que ése eras tú), serán bienvenidos–. Concluyó retirándose.

Tomé el brazo de Marilú y lo desenrollé de mi cuello. –Tranquila nena–, –dije–, ya pasó todo.

Ella me miró asombrada (¿sí te acuerdas cómo se ponía chinita cuando me veía?) mientras que Liz y Erikeki asimilaban el momento, y cuestionó:

–Oye Ale, ¿y conoces el Bulldog?

–Bueno –respondí–, folletinescamente, pero en una universidad de publicidad, eso cuenta, ¿no?

No recuerdo muy bien si fue que viste en mí una fuente inagotable de sabiduría y con ello la posibilidad de sacar tu universidad, o fue que te gustó mi amiga Erika, pero el caso es que nos organizamos un sabadaba en la Marquesa para presentar a nuestras respectivas bandas. Nuevamente me causaste mucha gracia pues mientras descansaba apaciblemente en una hamaca en la que Asela me mecía con precaución para no interrumpir mis meditaciones, te vi llegar en el “Titanic”, una carroza azul más grande que la de la familia “Monster”. Muy a tu estilo, bajaste cagado de risa y tras levantar ambas cejas y parpadear dos veces, me presentaste a un señor muy raro que hablaba a una velocidad inusual, como si intentara comunicar mil mitotes en segundos. Se llama “Chato” dijiste. “Ummm”, respondí.

Esa tarde “marquesina”, después de calarte un poco porque de ninguna manera iba a arriesgar a una de mis mejores amigas con cualquier peladazo (tú no eras “cualquier peladazo” eras ¡el campeón de los peladazos!), te la presenté, y sin importarte sus deplorables notas escolapias, que competía al parejo con nosotros en tequilas y su nula educación musical (su máximo era el Bucky) muy pronto se hicieron novios.

Siguiendo la etapa de introducción, en nuestro siempre sano plan, decidimos ir al cine. Dany, Pepedito, tú y yo pedimos palomitas de maíz y una Manzanita Sol de a litro, y fue ahí que ante nuestros febriles y efebos ojos se develó otro de los grandes misterios de la existencia humana: el enorme bolso de Araceli. Las luces aún estaban encendidas cuando observamos cómo lo abrió. De su interior lo primero que sustrajo fue al “Finito”, su cuate de Televisa, lo sentó en la butaca de al lado, le introdujo un biberón en la boca y le indicó que se quedara calladito viendo la función; después sacó el block de dibujo y de hasta abajo, entre hielos, unas latas que empezaron a tronar: “ssshuaaap”, “ssshuaaap”, “ssshuaaap”, y al pasárnoslas, ilusos cual éramos, nos volteamos a ver y tras hacer el ritual de cejas y ojos, nuestras agudas cuerdas bucales chillaron, “¿qué es esto, amiga?”

–Se llaman cervezas, bébanlas –arremetió nuestra tutora–. Dedujimos que era bueno porque en cuanto apagaron las luces para comenzar la peli, ella ya había

escaseado dos latas, lo supimos porque las arrojó directo a la cabeza de los incautos de la fila “b” mientras eructaba diciendo “ya llegueeeeeé”.

Era la época en la que mayor parecido tenías con Alf, y yo al de “Las pistas de Blue” y en el “Rincón del vicio, donde la fiesta nunca termina” coreábamos con Mao, Ger, Iván, Añe, Dany, el Winny, Roxx, Chato, Juanky, y demás seres anómalos que pululaban por doquier “...puede que me canse de alcohol y que esta noche salga el sol, pero ¿quién, lo necesita?”

Debo confesarte que llegué a pensar que en tu casa algo raro pasaba ya que había veces que creía ver doble ¡y hasta triple! Al principio deduje, ¡qué buen pedo me puse!, pero con el tiempo descubrí que en realidad se trataba de tres personas con el mismo peinando deambulando frente a mí; me tallé los ojos y entonces pude distinguir que el original era tu papá y el par de copias baratas eran Pepedito y Jarrus quienes clandestinamente habían usurpado los servicios de su peluquero.

Una larga temporada nos dio por ir a cantar con los Mariachis del Tenampa a Garibaldi ¡Qué noches! Hasta que Marcia y Araceli comenzaron a querer madrear policías sólo porque nos detuvieron alegando que mi Corsar parecía “carrosardina”. Recogimos al Marquiño de debajo de la mesa, salimos del Tenampa y en cuanto la patrulla nos echó el lamparazo, comenzaron las dos:

–Pinches uniformados, hip, mándalos a la chingada, hip, no estamos haciendo nada, hip, malo. Namás pásame la caguama y verás cómo se las reviento en la cabezota, hip.

–La traen en la mano, weyas, no la han querido rolar.

–A chingaos, qué fijados son. Déjanos rematarla y ya verán estos azules.

–¡Cállense y déjenme hablar a mí!... –ordené, pero era demasiado tarde. Marcia salió detrás de Araceli, pregonando, vamos a romperles su mandarina en gajos a estos panzones. Obvio, en cuanto pudieron controlarlas, las treparon a la jaula de la patrulla y para poder liberarlas, tuvimos que dejar la poca lana que nos quedaba para rematar la noche.

Al día siguiente, como cada domingo, fuimos a los Toros. Pepito y yo aplaudíamos a las enmezclilladas caderas de las Villamelones y Erikeki te regañaba por ir en bermudas; tenía toda la razón, ¡qué fachas las tuyas! De ahí nos fuimos a Coyoacán y nos alcanzó Eduardo, el “Poca” (+); recuerdo que venía bien enojado porque había acompañado a Iván a hablar por teléfono y el muy despistado gritó en la bocina “sí, wey, apúrate, estamos en casa del Poca cosa” y ahí fue cuando Eduardo se enteró de que ese era su apodo oficial... ora sí que ¡qué poca!

Amigo, no paro de reír recordando tantas y tantas anécdotas. Ya para rematar, sólo una más de las incontables de Mazatlán. ¿Te acuerdas que una vez Araceli –quien por algo se ganó el incomparable mote de “amiga”–, de buena onda, se rifó planchando la ropa de medio mundo antes de lanzarnos al Señor Frogs? ¡Y qué pasados! Ya todos arreglados, perfumaditos y demás, empezamos a preguntar, ¿dónde está la Jarrus?, no manches, cómo se tarda, tenía que ser vieja... (lógico, se estaba bañando después de haber planchado lo de todos) y no faltó el ojeís que dijo, “ya, pinche Jarrus colgada, ahí que nos alcance en el Frogs” ¡Y que nos vamos!

Ya estando en Frogs, de pronto la veíamos pasar por ahí bien encabritada, ni nos pelaba. Entrada la noche, justo cuando mi look de Capitán Galán entraba en decadencia y nuestro escaso presupuesto estaba a punto de fenecer, y a sabiendas de que la amiga era la única portadora de tarjeta de crédito en ese entonces, pensamos que había llegado el momento de perdonarla, así que nos aproximamos a ella y tras un par de bromitas, volvió a ser la de siempre.

Serían cerca de las tres de la mañana, cuando nos encontrábamos recargados en la barra chiquiteando nuestro último “Castillo seven” (la bebida más barata del antro); la amiga se me acercó y me dijo “pinche Ale, tu siempre tan chingón, ¿qué estás tomado, amigo?” Levanté el sorbo que le quedaba a mi vaso y respondí, “Chivas, amiga”. A lo que emocionada, aventando su tarjeta de crédito a la barra, contestó, “lo imaginaba”, “¡Chivas para todos!” No mames, hasta dos weyes que ni conocíamos aprovecharon la gorra, jajaja.

No te vayas amigo. Si te quedas con los que te queremos, te prometo controlar al borrachales de mi hermano, evitar a toda costa que Marcela nos vuelva a echar candado para no salir de su casa hasta que las botellas hayan escurrido las gotas de la felicidad, no importa que terquée con querer deprimirnos platicando de López Obrador o escuchando a Chavela Vargas; exigiré a mi querida madre que cuando le haga los coros de “Perdón” a mi jefe, le ponga un poco más de grave a su voz; mandaré clausurar la Valenciana, el Antonios, el 30-30, la “nomber guan”, y todas las cantinas que mi mala memoria y reputación dicidieron olvidar; cuidaré que el Pepito sea expulsado de la peluquería de tu jefe y que no traiga al Marquiño, que es el mismo diablo; le pediré a los Capetillo que expulsen a los espíritus chocarreros de su rancho; clausuramos la tienda a don Pomo; le esconderemos al jefe Kaiten su pata de “don piter”; te regalaré otro par de amigas, esta vez de las que no beben (créelo, existen... son feas, chichiponchadas, de nalgas aspirinoides, pero si espulgamos un poco, pueque te consigamos una chimuelita), y hasta le diré al Chichí que no vuelva a mostrar la foto del “detalle”.

Los que firmamos, te pedimos que imprimas esta carta, llévala siempre contigo para que te acuerdes que aquí estamos y estaremos, en las buenas, en las mejores y en esta temporada de sequía, todos tus amigos y familia para salir adelante, ¿tú crees que entre todos no podemos? ¡Vamos! ¡Claro que sí!

Ahora que si vuelves a beber, antes de que te empines el primer trago, por favor rompe la carta, pártela en mil cachitos porque eso es lo que estarás haciendo con nosotros al saber que decidiste, antes que a tus amigos, irte, dejarte vencer, ignorarnos. Pero sabemos que así no será porque tú has sido parte central de nuestras alegrías; juntos hemos compartido lo mejor de nuestras vidas y aún nos falta mucho por andar. Ánimo Alberto, a levantar ese par de cejas y sonreír, que aquí estamos todos para apoyarte en lo que necesites, ¡tú puedes amigo!

(Firmas)?Araceli, Chato, Pepito, Daniel, Ericka y su amiga la mecánica. jaja, Marcia, el Mago, Juanky, Mao (mi bro), Mauri Contreras, Liz, la Deles, Iván, Toño Mier, Roxx, Ale Contreras, el Poca (+), Marcela, Ger, Marquiño, Juanky, el Marito, Chayane (el Boby), Toño Martínez, Marilú, Winny, Chichí, Armida, Guillermo Hemke, la Barbarita, Asela, Lucy (y todas las novias del “Poquita”),

D’Gremy, jajaja, el Chunga, Marlon, el Chino, y muchos más que se irán sumando a esta lista.

 

Nota: este Andares fue escrito en noviembre de 2014 y nuestro buen amigo Alberto, nos dejó el domingo 29 de abril de 2015.

 

andaresblog.com